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olown, como para demostrarle la fuerza de su cariño, comenzaba á levantar del suelo inconmensurables pesas de (tartón pintado. Miss E m m a la domadora de leones, veía al principio con afectuoso asombro aquellas proezas, pero poco á poco su mirada se distraía, como si buscase mejor empleo, por las localidades del circo. Notábalo Jorris, y con celosos gestos hacíaselo notar también al público, el cual comenzaba á reírse. Cambia el elown de habilidades con objeto de conquistar el corazón de la domadora, a b a n d o n a n d o las terribles pesas para inaugurar una serie de saltos mortales que demuestren la vii; orosa agilidad de sus músculos, y cuando terminada la gallarda serie busca la mirada de Miss E m m a para sa, borear el más codiciado premio, observa con rabia que la domadora, descuidada de sus trabajos, tiene íijos los ojos en un joven guapo y elegante (individuo, por supuesto, de la troupe) que presencia la función desde una de las localidades del circo. Los desesperados gestos del clown, sus expresivas amenazas arrancan estruendosas carcajadas á todos los espectadores. Pide por último aquél á los dependientes del circo una mesa y u n a escalera altísima, coloca ésta sobre aquélla, y haciendo prodigios de equilibrio trepa por sus peldaños con la agilidad y la destreza de un felino. Indudablemente este arriesgadísimo trabajo va á proporcionarle la dicha soñada, el amor de Miss límma; pero una vez en lo alto de la escalera ve que la silla de la domadora está vacia, arrójase de u n salto á la pista y sale disparado en persecución le la pérfida hacia la localidad ocupada por el joven guapo y elegante. A s u d a d o está, efectivamente, la domadora en dulce chachara con el coquetón mancebo. H u y e n los dos al ver á J o r r i s y éste, cayéndose aquí y volviendo á caer allá, sigue airado y descompuesto á la gentil Miss E m m a por todas las localidades del circo, por los pasillos, por el vestuario, entre las risas frenéticas del público, á quien aquella grotesca expresión de los celos produce más regocijo que pona le causaría la trágica explosión de las angustias de Ótelo. Y mientras dura el juego de la persecución, los individuos de la íroMjoe colocan en el centro de la pista la jaula de los leones. Salta á aquélla Miss Emma, siempre seguida por Jorris, abre rápida la puerta de la jaula y se lanza entre las fieras, cerrando violentamente tras sí la férrea cancela. El clown queda un momento estupefacto, pero al fin, señalando á los leones exclama trágicamente: ciEllos me vengarán! La pantomima ha concluido; cesan las risas del público y estallan atronadores los rugidos de las fieras. A la alegría de la farsa sucede la emoción del peligro; la multitud, sonando aún los ecos de sus carcajadas, experimenta el escalofrío que produce la contemplación de un riesgo que no pueden ya vencer n i evitar las fuerzas humanas, y los espectadores saboreaban con delicia, tras del ridículo de uno de sus semejantes, la sangrienta escena de que podía ser protagonista y víctima aquella débil mujer encerrada én la jaula de los leones. P u e s bien, una noche trabajando Jorris con su troupe en u n a de las principales ciudades marítimas de Francia, ocurrió dentro del circo el extraño suceso siguiente. Salieron el clown y la hermosa domadora á la pista, y comenzó como siempre la pantomima de los leones, produciendo la acostumbrada hilaridad del público. Pero al saltar Jorris desde lo alto de la escalera y correr disparado al sitio convenido para sorprender á la traidora en animado diálogo con el mozalbete conquistador, vio lleno de asombro que ni Miss E m m a ni el joven gimnasta hallábanse en la localidad del circo designada previamente. Imaginó que Miss E m m a había sido víctima de algún accidente desgraciado ó de una súbita enfermedad, y tambaleándose, porque era cierto que entrañablemente la amaba, saltó de nuevo á la pista para interrogar á sus compañeros. E l público, seguro de las gracias de su clown predilecto, creía que éste inventaba nuevos lances para animar la pantomima, y reíase por adelantado como u n niño satisfecho. Los- compañeros de, Jorris sólo pudieron unir su asombro al del clown, ignorando el paradero de i; la aniartelada pareja, y entonces el infeliz, presintiendo toda su des I gracia, recorrió con gestos de desesperación no fingida las localidai. des, los pasillos, los mil y mil rincones del circo gritando con voz desgarradora: Emma! ¡Emma! J a m á s se desató más briosamente la brutal risa del público, entusiasmado con la tragedia, que para él continuaba siendo farsa pantomímica. Ya habían sacado la jaula de los leones á la pista cuando Jorris, ciego de ira y de dolor, tornó á ella acosado por la risa de los espectadores, para interrogar nuevo á sus compañeros. Llegó al grupo que éstos formaban, y oyó una voz q; ue decía: Los miserables h a n huído en u n coche. Dio u n grito, que desgarró el coro de carcajadas de la multitud, y atrepellando á los gimnastas que intentaban detenerle, precipitóse á la jaula, abrió la puerta y se arrojó en medio de los leones como presa de sus garras. Los leones se acercaron á Jorris desentumeciendo sus miembros, y le lamieron las- manos. De este modo quedó patente, gracias á la desventura del clówn, que entre una mujer traidora, u n púV) ico que se ríe y una manada de fieras, éstas son las menos crueles. J O S É DE EQÜRE HE NUESTRO CONCURSO DE P L A N Í S Á DOS COLORES Y DIBUJO DE HUERTAS