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é su pare y por la saluita é su mare en la taberna y en el corro de los qne más le envidiaban; y malo era que el Centellas se emperrase en una cosa! Pero ni ruegos, ni ternezas, ni rendimientos, n i locuras, ni amenazas de Pepe conmovían á la desamorada Princesa; porque la Princesa era insensible á cuanto viniese de afuera; vivía dentro de sí misma envuelta en un ensueño, esperando un ideíal. fie aquí su secreto, ignorado de todos. Un día, cuando la hija de Pedro Andarás era muy niña y su belleza como es plendor de amanecer granadino, en una cuesta del Albaicín, orillada de altas chumberas, encontróse á solas coa una gitana vieja, á quien decían la Zajarí, la cual, tomándole una mano la dijo: Oye, gloria de Sierra Nevada, rosa de la Alhambra, sangre de reyes moros: de lo alto viene tu casta, y u n divé me dice que no te cases jasta que llegue el príncipe que te h a de pone en u n trono ¿Faé misterioso atavismo de realeza? ¿Fué exaltación enfermiza de la fantasía, alucinación infantil ó hereditario delirio de grandezas? Lo cierto era que desde aquel día, y como si la gitana la hubiese hechizado con maléfico sortilegio, la niña, inculta y apasionada, vivía esperando al prometido príncipe, y que á nadie, ni á su m a d r e moribunda, confió su secreto. líl L a noche de un día de verano en que Pepe se pasó la siesta asido á la reja de Angustias y llegó á llorar desesperado sob r e sus hierros, con los ojos escaldados todavía por aquel llanto de fuego, con las mejillas rojas de rabia y de vergüenza, entróse en la taberna, resuelto á sorber copas y copas con obstinación suicida, hasta apurar en ellas el delirio, la locura, la muerte. Y bebió, bebió como u n insensato Pero cxiando la. llania del alcohol comenzó á serpear por sus venas, una furia ciega se apoderó de él, u n instinto salvaje se alzó de los m á s innobles yacimentos étnicos de su ser, y los hombres que había en la t a b e r n a le vieron retorcerse como u n epiléptico y salir con pasos de fiera, asiéndose á las paredes. E n la acera de su calle- -una calle toda granadina, somb r e a d a por anchos aleros y balcones fioridos- -sentada en una silla de aneas y respaldada contra la pared de su casita, estábase Angustias m i r a n d o cómo la luz de la luna resbalaba opalina por los muros blanqueados ó se quebraba en los cristales del balconaje, arrancándoles claros rieles de chispas azules ó diamantinas. Sin duda era la hora de sus misteriosas citas con el esperado príncipe; acaso en aquella tibia luz de ensueño veíanle los ojos de su fantasía De improviso, una forma negra surgió de las sombras que proyectaban los aleros, y saltó con salto de tigre sobre la estática visionaria; dos veces se vio brillar en el aire un relámpago de acero, dos veces se hundió en el seno virginal la navaja del Centellas, y Angustias cayó de golpe al suelo, anegada en el raudal de toda su sangre. Mientras el matador huía despavorido, la cara de la agonizante, bañada en luna, tomó una expresión mística, como si columbrase algo divino. Tal vez, á no esperar u n ideal, Angustias se hubiera contentado con u n amor vulgar; pero acaso la niña granadina era encarnación de toda una raza! BLANCA DK LOS RÍOS DE LAMPÉREZ DIBUJOS DE RUIZ MORALES