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n iEA, Juan, ya yan dos ó tres noches que en la botica ponen en duda lo que yo digo. Como que miente usté más que hablal- -Haz favor de hablarme con más respeto, porque si no, te vas á servir á otro amo. ¡Pero D. Simón, si no hay pacencia pa oír las cazatas que cuenta ustól- ¡CoEQÓ que me tengo por el primer cazador del pueblo! ¡Pero pa eso nó es menester ofender á Dios! ¡Bueno que á todos se nos vaya un poco la lengua cuando hablamos de eso, pero no tanto! ti no te importa; y desde esta noche vas á ve A nir á la tertulia de la, botica, y cuando yo te pregunte si es verdad lo que digo, respondes que sí. ¿Qué te cuesta? -Me cuesta; porque yo no soy hombre de dicir una cosa por otra. -Te doy por cada respuesta dos pesetas- -Tanto me dirá usté- -Ahí tienes ocho, y dame la razón esta noche, porque á mí nome ha de poder el boticario. Bueno, venga. Tiene usté unas cosas- -Hasta la noche. En la botica. El juez, el registrador, el barbero, el boticario, D. Simón, y Juan, sentado á la puerta, apartado de ellos, pero oyendo la conversación. El boticario. ¡Aquel año sí que hubo caza! Entre el barbero y yo matamos en dos tardes veintidós conejos. i) Simón. -En uña sola tarde rüaté yo sesenta y seis. ¡No puede ser! -Ahí está mi criado que puede dar fe. Juan, ¿es verdad ó no? Juan. Es verdá. Sesenta y seis fueron. El registrador. -Pues no lo entiendo. Verdad es que aquí, cuando se da caza, se da de veras, Andando, andando, llegué yo el año noventa y ocho del siglo pasado hasta lo alto de un monte, y me salió un ciervo. El juez. ¿Gieryos en esta tierra. M. Simón. -Sí, señor, ciervos. Yo maté tres hace dos años allá arriba El boticario. ¡Por Dios, D. Simón! D. Simón. -Juan, ¿los maté ó no los maté? Juan. -Tres ciervos matamos. Z we Sefiores, basta que lo certifique Juan, que es hombre inuy honrado, incapaz de mentir. D. Simón. ¡Ya lo creo! Y con mi palabra bastaba. Tampoco querrán ustedes creer que en el invierno del año noventa y nueve, yendo á Zaragoza á caballo, nos salió un lobo, y no tuve tiempo más que de echarme la escopeta á la cara y ¡púm! ¡patas arriba! ¿Verdad, Juan? Jnan, después de pensarlo. -Sí, siñor, patas arriba cayó tJn lobo más grande que esta botica. El boticario. ¡sts! D. Simón es atroz; lo que á él le pasa no le pasa á nadie. Pero lo que es á perdices no nos gana usted al barbero y á mí. El barbero. -Ah nó, eso no; entre éste y yo matamos el sábado pasado treinta y cinco. D. iSímtí riendo á carcajadas. ¡Treinta y cinco perdices! ¡Pero hombre, si eso lo mata un chico de la escuela! ¿El sábado dice usted? Pues ayer domingo salimos Juan y yo, y trajirnos ¿cuántas dirán ustedes? El boticario. Cui 63. dio J) Simón. ¡Ciento diez! ¿Verdad, Juan? Juan. Y una palomica! D, Sí ío í ¡Hombre! la palomica no la vi. yo. Juan, levantándose furioso. ¡Pues tampoco yo las perdices! ¡Ahí tiene usté las ocho pesetas, y busque usté otro testigo, que yo tengo que confesame mañana y no quió condéname! ¡Buenas noches, señores! EusBBio BLASCO