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A D. Benito le trajeron y le llevaron en tres de los cuatro días que faltaban para la elección, como pendón de cofradía; ¡hasta hubo en su honor función de pólvora! todo lo cual transmitía á su esposa en telegramas que inmediatamente veían la luz pública. Su triunfo considerábase indiscutible en los círculos políticos. Pero ¡ay! el cuarto día, ó sea el día antes de la elección, cambiáronse inesperadamente las tornas. Kl cacique que le hospedaba comenzó por decirle que era conveniente que se trasladase á casa de otra persona menos significada, pues se notaba alguna efervescencia enti e los partidarios de D. Francisco Sales y Tresmás, y allí podía correr algún peligro. Le llevaron á la casilla de un peón caminero, donde le tenían preparado u n camaranchón con un catre de tijera. Por orden de sus amigos no asomó ni las narices al camino, teniendo que comer el guisote de patatas y el pan de centeno con que el caminero se alimentaba. A los oídos del atribulado D. Benito lle ó la noticia de que el alcalde había recibido una comunicación urgente del gobernador de la provincia, ordenándole de parte del ministro que á rajatabla se deshiciera todo lo hecho y se le diese el acta al candidato conservador. P a r a mayor duelo, también llegaron á sus oídos el murmullo de las aclamaciones, los acordes de la banda y el estampido de los cohetes con que el distrito de Bamba festejaba al nuevo candidato, impuesto por sus caciques, y las execraciones y los mueras que contra él lanzaban. D. Benito ni siquiera tuvo fuerzas para filosofar acerca de esta miserable mudanza de los pueblos. El día de la elección fué horrible; el caminero cerró la casilla para ir á uno de los colegios electorales de que era interventor, y D. Benito se quedó dentro á solas con sus negras penas, y con unas gachas y unos mendrugos de pan y media botella de vino todavía más negros. Nada tiene de extraño que lo viese negro todo. Ni u n alma á quien preguntar cruzó por 1 a carretera; el Sufragio tenía á todos los electores reunidos en torno de las urnas. ¡Qué horas m á s amargas pasó D. Benito recordando á los suyos, pensando en el disgusto t a n grande que sufrirían al saber lo ocurrido! A la caída de la tarde, cuando la tristeza más que el sueño rendía su cuerpo, entró todo desalentado el caminero, y con la voz entrecortada por el jadeo del cansancio, pues habla venido corriendo, le dijo: Huya usted, D. Benito, que ha sido usted derrotado, y el pueblo viene hacia aquí dispuesto á darle una cencerrada p a r a desagraviar al señor diputado de los desprecios de estos días. Y D. Benito huyó, huyó sin esperar más razones, á campo traviesa, en dirección de la próxima estación férrea, protegido por las sombras de la noche, cuyo silencio rasgaba el murmullo de Bamba, que le parecía, y no le iba muy lejos en la semejanza, el rugido de una fiera. ¡Qué egida la de D. Benito! Saliéroide al pa. o unos mastines que le desgarraron las ropas, y milagrosamente no dieron fin de su existencia; se cayó en una charca, dejóse media cara entre unos zarzales, sufrió dos disparos de la Guardia civil, que por fortuna no hicieron blanco, y cuando ésta le recogió del suelo, trémulo y sin aliento, m á s que u n futuro diputado á Cortes, parecía un escapado de presidio. ¡Así le costó de trabajo acreditar su personalidad, y sobre todo, recoger de manos d é l a justicia las alhajas y el dinero de que previamente le habían desfiojadol Cuando se vio entre los suyos, todo lo pasado le pareció un sueño. ¡Pero cómo venía! Su mujer y el periodista, que se encontraba casualm e n t e en la casa, t a r d a r o n en reconocerle. Los chicos no se atrevían á hablarle. I a vecina de las siete plagas no ha vuelto. Sólo el periodista va todas las noches, pero ha cambiado de retruécano. ¡Cómo iba usted á luchar- -dice- -con u n hombre que se llama Sales y Tresmás! E L SASTEE DEL CAMPILLO