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n Largo tiempo hacía que la muchacha esperaba en vano la declaración del lacónico Antucho, lamentando coft su instinto de mujer que no hubieran estado cambiadas las tornas y sido él el intrépido y desenvuelto, ya que le embargaba una timidez manifiesta, balbuceando al hablar ea presencia de la joven. -Cuando éste piense casarse- -decía su amigo bromeando sin comprender el incendio que ardía bajo la aparente tranquilidad de Antucho, y que aumentaba su tímido natural- -tendré yo que declararme por él á la novia. -No era él asi, no, y aquella mañana iba á demostrarlo volcando sus cuitas á la rapaciña, seguro del éxito, y en cuanto la vio en su sitio de la pescadería, detrás de sus banastas de centollos, la dijo con misterio y con la lentitud de la raza: -Oirásme dos palabras si non te enojan, Ermelinda. La muchacha no se sobresaltó nada, contentándose con replicar dulcemente mientras arreglaba una langosta que se salía del cesto: -Puedes, icirlas. El mozo carraspeó un poco, procuró acordarse de cuantas palabras altisonantes empleaba el maestro al dictarles en la aldea las cartas amorosas á las rapaciñas, y sin descubrir su intención todavía, exclamó con su más meloso tono y sus más prolijos circunloquios: -Saberás, Ermelinda, que con esos los tus ojos y esa tu boquina de coral, que será de acíbares ó de mieles segiín lo que contestes, prendido has en un pecho la llama de uu tan fino amor, que hay quien, aunque non te lo dice, nioirc -e por ti. El alambicado galanteador guardó sileufio un segundo, un poco atragantado por una parte, y por otra creyendo iiat- tante elocuentes las frases pronunciadas y la entonación de que las había acompañado. La muchacha, en efecto, sonreía con enajenación. Chindo, animado por tales síntomas, prosiguió más incisivo: -El tal quiérete hace tiempo, y eres su tesoro, aunque hasta ahora non te lo dijo, ¡Ermelinda! -Y su acento se hizo balbuceante. ¿Puede ese fino amador me recer tu cariño? La declaración era ya tan directa, y la joven sonreía con tanta dulzura, que Chindo no dudó que el triunfo era suyo, y abría ya la boca para rematar su ingeniosa y á su parecer elegante perorata con un grito salido de su corazón; jPues yo soy ese que chora por tu amor, nena de mi almal- -cuando la rapaciña exclamó con la espontánea ingenuidad de su condición social, clavando, en su inocencia, hasta el pomo el puñal de sus despiadadas palabras en el corazón del mozo, que las oyó atónito, aterrado, viendo de pronto todo el abismo de su desdicha: -Yo non sé disimular, Chindo. Como soy, me manifiesto. Y puesto que fueron veras tus bromas de que te declararías por él, pues sabe que sí que le quiero, y... Pero ¿estás chorando, Chindo? ¡Greíme que chorabas! Y gracias, hombre, por tu fineza. Porque direte á mi vez que yo también teníale en mi corazón. Puedes icírselo de mi parte. Y ahogándose para refrenar su emoción, decidido al sacrificio en holocausto á su amigo, contestó él echando á correr, sin fuerzas para reprimir más su angustia: Júrete que se lo diré! ALFONSO PÉREZ NIEVA DIBUJOS DE PIMOSET T ALBETITI