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msm ÍSI. DRO EN MADRID lA imaginación madrileña ha bautizado con el nombre de üii (é 1 Aroíí á loa que vienen por esta época á visitar la tradicional romería. Y vienen en estos días sin duda por la tradición, por la fuerza de la costumbre; porque, á la verdad, bien pocos alicientes se les ofrecen, fuera de los que p u e d a tener la vida normal do la población respecto á diversiones. K avecinarse estos días, las empresas de ferrocarriles fijan en todas las esquinas de la coi te grandes cartelones amarillos, pregoneros de los t r e n e s á precios reducidos con billete de ida y vuelta, lo que os mucho asegurar tratándose de los ferrocarriles. Lo que no veo es la necesidad de que esos carteles se coloquen en jMadrid, porque los que vivimos en él no necesitamos venir; siendo el cartel para los forasteros, lo natural es que los pongan en las provincias. En la actualidad la P r a d e r a es casi patrimonio exclusivo de los forasteros, que, naturalmente, á eso vienen, á la romería d e San Tsidro, á la que van en compañía del amigo que se h a n echado en Madrid, que es el que va á buscarlos á la posada todos los días, el mismo que los esperó en la estación, y el mismo que, si el incauto se descuida, se le llevará los dineros presentándole al portugués. Por eso al forastero hay que darle el grito de alarma; advertirle, á imitación de los anuncios de los periódicos: ¡Hay viles falsificadores! ¡Ojo con los amigos íntimos! ¡Desconfiad de las imitaciones! El paleto, cuando viene á Madrid, no vive á gusto más que en la posada. Sus compañeros de hospedaje son iguales á él. E n cambio, obsérvenle ustedes cuando va á una casa de huéspedes: no se atreve á comer; la cuchara, el tenedor y el cuchillo son para él t a n difíciles como el hacer juegos malabares; de buena gana echaría los oinco mandamientos á todo lo que hubiera en la fuente. Los huéspedes, que se consideran seres superiores, le miran despreciativamente. La conversación es de otra índole: allí no se habla de muías, ni de la sequía, ni de la sementera; se pica más alto, se está en el secreto de todo; se conoce al céntimo el dinero que le ha valido á un alto funcionario tal ó cuál negocio, por qué la tiple A ó B ha dejado de pertenecer á la compañía; allí se sabe todo; hasta los que no pagan el pupilaje. Pero de los forasteros, el más temible es el que se presenta en casa de un desgraciado amigo, al que por el solo hecho de traerle dos gallinas ó una cesta de huevos, se le declara huésped por dos meses, después de decir que sólo viene por cuatro días. Yo padecí hace dos años á uno de la provincia de Salamanca que se vino en mangas de camisa, con un chaleco puesto y una chaqueta al hombro, que se acostumbró á la buena vida el tiempo que en mi casa estuvo, y además me hacía que le convidara á cenar á última hora en Fornos codas las noches, y también todos los domingos era forzoso llevarle á los toros, porque, según sus palabras, no quería privarme de su compañía. Otro día tuve necesidad de acompañarle á casa de un dentista, porque se empeñó en que tenía una muela que no le dejaba comer á gusto, y aunque la muela se la sacaron á él, el dolor lo sentí yo, que tuve que pagar la extracción; porque, como él decía, los forasteros, para un día que vienen, no molestan Afortunadamente, á pesar de la extracción, la muela le seguía doliendo, hasta que figurándose que aquello podía ser origen de una enfermedad, se marchó á su pueblo de la provincia de Salamanca, gracias á su aprensión y á mi médico, que le dijo, de acuerdo conmigo, que lo mejor para que le desapareciera esa molestia era el cambio de aires. Pero hubo una continuación desgraciadamente, y fué que á los pocos días mu facturó su hijo mayor con una carta en la que me decía: Ya que yo no pueda estar en esa por las picaras nuielas, que me siguen rabiando, ahí te mando á mi chico el mayor p a r a que le enseñes ioo Madrid. Y tuve que sufrirlo. Lo único que hice fué no pasarle por Fornos, por si tenía la misma manía de su padre de cenar también á última hora. JoROK FLORIDOH DUUJJO DE M É N D E Z ítRINOA