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xr oMEron írsAmsTmü I NA de las obligado nes ineludibles con la que religiosamente cumple en la vida todo buen madrileño de casta ó recriado en la corte, es la ae asistir á la tradicional romería de San Isidro para comprar el botijo alegórico, el matasuegras divertido y molesto, la cabeza barata de un ministro, el pito vestido de chillonas flores de papel delicado y frágil, y las venerandas rosquillas tontas y discretas procedentes del limpio abolengo de la muy ilustre tía Javiera, de la casa- solar de Fuenlabrada. Esto es lo menos que puede hacer, si en algo se estima, el peregrino que acude á los alegres lugares de la pradera de San Isidro; porque los hay fanáticos, y bajo esta denominación se comprende á los que abusan de los columpios, giran sin cesar en el Tío Vivo y almuerzan y comen en aquellos restaurants donde se pujan los estómagos continuamente. IMadrid tiene la desgracia de divertirse siempre en presencia de los muertos, y así como desde las Ventas, uno de los clásicos sitios de recreo y esparcimiento, en tanto se marea la gente una habanera ceñidita al compás del organillo ó merienda unos caracoles, desfilan en incesante cortejo los entierros de los que liquidan, como los comerciantes, sus existencias, en la pradera de San Isidro sucede lo propio: las masas se entregan al dulce placer de la vida, al movimiento, pared por medio de los camposantos. Sin duda por eso al lado de la muerte hay siempre un río Vivo, como compensación y contraste de lo que es este picaro mundo. Falta ya á esta clase de flestas populares algo de su primitivo carácter y fisonomía, y como ya hemos consagrado la frase de que todo degenera, nada tiene de particular que la ro- mería de San Isidro haya venido á menos y no sea la misma, típica y colorista, de la época bullanguera de Carlos IV. En sustitución de los chisperos está la respetable clase de chispos, que ven toda ocasión propicia para hacer enflaquecer una bota; y así como hay quien se emborracha para ahogar penas, hay quien las toma de cuerpo entero, y hasta de doble tamafio natural, para solemnizar debidamente todos los santos de ga, la del calendario, romerías y verbenas. Esto, naturalmente, nada tiene que ver con las fisonomías ni con los caracteres de las fiestas, y para ellos la vida es un trago muy largo con varios empalmes. Pero por lo que pueda ocurrir, en la Pradera está la fuente maravillosa, que reza: Si calentwra trajeres, volverás sin calentura y fiados indudablemente en este mágico recurso de la fuente, no dan paz á la mano ni descanso al mosto. La Pradera, según cuentan los amigos de Chaves, era en tiempos, sin duda cuando el Manzanares podía justificar el por qué le tomaron medida del Puente de Toledo, una agradable y mullida alfombra de césped; pero como en las personas los años determinan la calvicie, convirtiendo en solar lo que antes fué poblado, á la Pradera le ha asado lo mismo, y si antes tuvo césped, hoy, como diría el baturro del cuento, se ha mudan; mas con buena voluntad se consigue todo; nada importa que haya césped ó no á la bullanguera turba de alegres muchachas de taller que van á pasar el día, cara al río, alegremente, para desquitarse de una semana de trabajo pasada silenciosamente