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l. A FIESTA DE SAN ISIDRO. CUADRO DE GOYA L A P R A D E R A DE A N T A Ñ O I X aquellos felices días en que con el nombre de Carlos IV gobernaba á los españoles D. Manuel Goí l V doy, la P r a d e r a de San Isidro, donde los madrileños festejaban al Santo Patrón de la Villa y Corte, ofrecía, por lo que á su aspecto panorámico se refiere, un golpe de vista parecido al que ofrece hoy. La urbanización monteril de los que vinieron sucediéndose en el Concejo, n o puso mano en este asunto si no fué p a r a empeorar. el paisaje, destruyendo despiadadamente los únicos encantos que entonces ofrecía; la vegetación espléndida y feraz, que libre de asechanzas municipales se desarrollaba á su antojo. Trocada la campiña verde en erial polvoriento, el soto en breñal inculto, queda incólume el último término del paisaje: el panorama de Madrid, que ha ganado poco en belleza; la linea del río, que serpenteando se pierde á u n lado y otro; los tendederos, que m u e s t r a n á la pública consideración las prendas interiores de los madrileños; las casuchas, que en los altos pretenden encontrarse á cubierto de las riadas con que de vez en cuando desmiente el Manzanares el concepto de inofensivo en que se le tiene, y arriba los montones de casas, entre las que descuellan el Palacio real, San Francisco el Grande y un sinnúmero de campanarios y de cúpulas, como centinelas que guardan un campamento, hoy lo mismo que ayer. Ko es mucho, pues, lo que h a cambiado el panorama. El polvo de u n siglo secó los árboles, abrasando al propio tiempo la campiña; pero por lo demás, nadie diría que la mano del hombre intervino para nada en los destinos de aquel lugar. Considerándolo en el día del Santo Patrón, ya es otra cosa. El espectáculo de entonces era m u y diferente del espectáculo de hoy. Sobre el césped de la P r a d e r a y á la sombra del arbolado, adquirían u n atractivo poderoso los trajes pintorescos de la época, los tenderetes improvisados de los vendedores de rosquillas y demiifmelos, todo aquel conjunto abigarrado que iluminaba un sol tan espléndido como el de hoy, pero que arrancaba destellos m á s bri liantes á las sedas multicolores de los vestidos y á los diversos tonos de verde del arbolado y de la campiña. A la caída de la tarde, cuando el sol próximo á desaparecer bañaba d e luz amarillenta los picos nevados del Guadarrama, los campanarios de la población, las verdes copas de las encinas y las acacias, era cuando la fiesta adquiría su aspecto m á s brillante: los columpios del Tío Vivo meciéndose como si quisieran lanzar al cielo á los que gozaban de aquella diversión; en las buñolerías el h u m o del aceite de las calderas en que se freía la masa, enrareciendo el aire por momentos; y dominando el vocerío de los pregones y la algazara de los romeros, la guitarra y las castañuelas dejando oír su alegre música, á compás de la cual danza la gente joven. Dígase lo que se quiera, la democracia fué siempre patrimonio de los madrileños, y en las alegres fiestas populares es d o n d e se observa la unanimidad de sentimientos, que fué siempre nota distintiva del carácter de la corte de las Españas. La airosa manóla de Maravillas se confunde con la damisela elegante, que para gozar de su alegría sin atacar al buen parecer, disimula su noble alcurnia con el vestido de la gente del pueblo; el señorón, que no tiene por qué participar de tales escrúpulos, luce su casaca de seda recamada de oro y lentejuelas y sus calzones del misnao color, su media bordada y su zapato coa hebilla, junto al chispero de raído traje, sombrero d e media luna y redecilla. Confundidas, revueltas, todas las clases de la sociedad t i e n e n allí dignísima representación: desde la duquesa, cuyas majerías la distinguen, cuyas aficiones la señalan, hasta la tabernera de cuyos labios a p r e n d e n los carreteros imprecaciones para contender con sus bestias; desde el consejero de Castilla con su aureola de vanidad en torno, hasta el mequetrefe que trata de disimular su pobreza bajo los pliegues del rojo capotillo que la transparenta por sus remiendos; -todos van á disfrutar de la misma alegría, á confundirse en idéntica aspiración, á regocijar su espíritu con iguales encantos. Y que el cuadro era hermoso, n o hay para qué decirlo. Goya lo h a inmortalizado en sus lienzos. Hoy los artistas no descubren n a d a digno de sus pinceles en las prosaicas figuras que lo componen, quizá ni en el mismo paisaje que le sirve de fondo. E. CONTRERAS Y CAMARGO FOT. SUCESOR DE LAUBENT