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m. c Z 3 rr! j- T. i. -3. M O! 5; J 2i i 1- 1 m T Jll ESTACIO D E L N O R T E E S T A C I O N DEL M E D I O D Í A Sííía I GJíOBO, bien lo sabe Dios, cómo empezar á descubrir y á describir Madrid, este campamento de todas las provincias españolas, levantado al pie de la sierra de Guadarrama y en las mismas puertas de la Mancha, ó como quien dice, entre una pulmonía y una insolación. Madrid, según atestiguan unas famosas quintillas, fué un tiempo castillo famoso que al rey moro aliviaba el miedo; según los discursos del Sr. Kuiz Jiménez, diputado por Madrid, ya no alivia nada á los reyes moros, sino que, por el contrario, mete miedo á cuantos cristianos vivimos en él. Dicen también algunos historiadores que el término de Madrid hallábase pobladísimo de bosques en los cuales abundaban osos y lobos, y ahora se mira uno la palma de la mano y ve los alrededores de Madrid; y por lo que respecta á osos y lobos, sólo uno de aquéllos queda en el escudo municipal, y se sospecha que varios de éstos desempeñando cargos públicos Ño hay población en el mundo que haya variado tanto como Madrid, sin variar esencialmente en nada; cierto que han desaparecido sus bosques, menos el Pinar de las de Gómez, de la calle de Alcalá; también es positiva la extinción de las razas de osos y lobos en su forma, como si dijéra- mos, de Historia natural; pero desde que Felipe II por honrar al cerrillo de los Angeles (ese mirón eterno de Madrid, y al cual se le supone, no sé si con certeza ó con error, ombligo de España) hizo de este lugar la capital de su reino, Madrid, poi lo que se refiere á fisonomía propia, á idiosincrasia, á modo de ser y de vivir, no ha variado ni un ápice, y toda la literatura picaresca con sus damas del tusón, sus jerifaltes, sus hidalgüelos, sus golillas y sus hampones, continúa recorriendo las calles de la corte de las Españas como en los mejores tiempos de los Austrias. Al legendario reloj de San Plácido, que tocaba á muerto, ha sucedido el modernísimo reloj del Banco de España, que no sé á lo que toca, y paren ustedes de contar. ¿Qué sería de Madrid sin las estaciones del Norte y del Mediodía? ¡Porque en Madrid no nace nadie, y si nace alguno se marcha á provincias en cuanto aprende á hablar! Si yo fuese alguna vez alcalde mayor de la villa y corte, decretaría un premio considerable para quien me presentase en mi despacho un madrileño de nación. Todos los madrileños, es decir, todos los que en Madrid vivimos y pagamos, permitiéndonos el lujo de mirar por encima del hombro al provinciano recién llegado y de llamarle isidro despectivamente, somos en realidad isidros de unos lustros Hf i t ILÍ. i i 31 T P i -i í -i í S a ii 5l fIfÍTin LMIÍI I, JO: Í: I IJÍt I i- wfít I. J. SdCH -4 PALACIO REAL