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iba al vapor en aquella casa. La boda vendría á escape, porque era muy del gusto de la flamante posadera. La charlatana había preguntado á su antigua convecina: ¿y la Celia? lHija- -contestó desdeñosa la madre de Cardo, -cada uno es cada uno! Celia entró muy adentro en la negra profundidad de la amargura; todo se le deshacía en briznas, y sus candidas esperanzas, al revolver en ellas la indiscreción de las comadres, trocáronse en polvo seco de carretera y las esparció por los aires el leve soplo de un suspiro. líl terruño de Cardo tuvo otros dueños, y volvió á vestirse de vegetación fresca y jugosa. El corazón de Celia á nadie se abrió jamás, y no vistió otro ropaje que el de luto. ¡Qué vergüenza tan grande aquel desdén, aquel olvido! ¡Qué dolor tan hondo aquella falsedad y aquel desengaño! jY qué triste manera tuvo la Celiuoa de emprender el camino de la vida! En el caserío de la aldeliuela se comentó la acción de Cardo; no faltó quien se burlase de la Celia, y las madres decían á las muchachas; ¡Pa que escarmentéis! T a Celia huía de todo trato y buscaba en el apartamiento de su casuca retiros para sollozar sin que la oyese nadie; iba á la iglesia los domingos por la mies; por el camino acudían al templo la vanidad y la alegría: por el atajo, el dolor y la modestia. Celia tomaba el atajo, y en los rincones más obscuros del templo, diez años después, aún enrojecía, temerosa de que alguien se acordase de que líicardo la dejó plantada cuando aquel camino odiado se le llevó para siempre con el poder irresistible de atracción de la serpiente blanca, devoradora de tantas ilusiones. Til Cardo disfrutó bien de sus venturas, pero á su casa llegó la mala. Quebró la hospedería, cerróse el almacén, murió á poco la vieja y se agotó en una tisis voraz la vida de la esposa. Veinte años de gozo que se acabó por un cruel capricho de la suerte. No quedó nada en aquella casa: ni un hijo que con su juventud la alegrase. Ricardo perdió la salud, y el trabajo le faltó en seguida; estos hombres de músculos de hierro y de fuerzas de grúa no saben morir á tiempo, y arrastran su vejez en el mísero agonizar de un despojo iniitil. Las máquinas rotas, ó se funden otra vez ó se tiran. Aquella inservible máquina, al titán fatigado y rendido, le esperaba la fosa común, la gran caldera Ya no tenia Ricardo albergue, porque las habitaciones se destinan á los hombres vigorosos que ganan para abonar la renta; ¿dónde iban á admitir á un agotado? Y tampoco quería nadie ocupar al infeliz en cosa de provecho para aliviar un poco su penuria! En la ciudad, hervidero de actividades, parecía que todos le rechazaban, preguntándole con una crueldad terrible: iViejo pingajo, estorbo, ¿por qué no te mueres? Una mañana de sol resolvió Cardo volver á su aldea á contemplar de lejos la que fué su casa, a, quella que llamó cubil, y en cuyo pajar dormiría ahora tan guapamente! La heredad que él labró en su juventud tenía hoy repletos los desvanes, limpias las paredes, cubiertas de vegetación las tierras y muy calientes los establos. Habíanla adquirido los labradores del próximo ca- serio para ensanchar su propiedad, con los ahorros de dos gene aciones. El camino le llevó á Cardo al recodo, y vió La Teja, medio oculta entre los matorrales Cardo se acordó de Celia; ¡apenas se la dibujaba con claridad su memoria, porque nunca había él refrescado aquel recuerdo! Qué mal se había portado! Esto se lo decía la conciencia, dándole mordisquitos de ratón en lo más sensible. No acabó aquel amor con una despedida noble y franca: le dejó Cardo que se extinguiese solo, ¡como la luz de una lámpara olvidada en una ermita! ¿Qué sería de Celia? Contáronle una vez, años atrás, que vivía en triste recogimiento, dedicada á espantar la muerte de la cabecera de su anciano padre Cardo, insensiblemente, siguió andando hacia allá, hacia La Teja y no tardó en plantarse en el umbral del portalón, donde otros pichoncitos se arrullaban en el mismo palomar de antaño. En el fondo, junto á una ventana, con su frente arrugada y sus mejillas secas y pálidas, con sus ojos sin brillo apagado su antiguo fulgor por tantas lágrimas! Celia cosía. Cardo se quedó allí mirandOj quieto, apoyado en el pilar, como cuando esperaba ocupación recostado en una pared del muelle. Toda la estupidez de una vida robada á la aldea, le pesaba en el espíritu. Estaba idiota, mudo, tan callado como un muerto que arroja el mar á las playas y se queda inmóvil entre los peñascos. Celia vió á Cardo y se fué á él con impetuoso aturdimiento de chicuelo sorprendido. Entonces le volvieron á brillar los ojos. ¡Cardo! -gritó. ¡Cómo has tardado, hombre! Y toda la juventud y toda la alegría reprimidas y guardadas durante tantosaños de pesadumbre, ahora estallaban jubilosas, y triscando como en su adolescencia, moviéndose rápida con su antigua inquietud de zagaluca enredadora, se asomó Celia al cuarto del tío Cosme, que dormitaba pilongo y encogido, y le voceó con gozo: ¡Padre, padre! ¡Espabile! ¡Que está aquí Cardo, que está aquí Cardo! Luego hubo en el corral gran algazara para coger la gallina más gorda y el pollo mejor criado, y sé avivó líi lumbre de la cocina, y armó Celia mucho ruido con sus cazuelas, mientras Ricardo, sentado en el umbral, mirando tristemente aquel camino que conducía á la ciudad ingrata, ¡lloraba como iin tonto! FKENAIÍDO S E G U R A