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aperos y juzgó labor de bestias la ruda labranza. Como postre y remate, notició á Celia que estaba resuelto á vivir en Santander depMn ¡si no salía más; de almacenero, si le resultaban bien las cosas. jOh! Pero la juraba que iría á verla los domingos. ¡Mala señall que cuando en un idilio suena un jurarnento, quebrado anda el idilio; en el palomar nada se juran. Je seguro, las avecillas que se arrullan; y el agua de la fuente no le jura al regato que allá va, pues á qué juramentos, si va y no se desvía? Celia, cuando se alegaba Cardo de la casuca después de aquellas noticias formales y de aquellas promesas solemnes, se tapaba el rostro con la tela del delantal, y los hilos de algodón estuvieron largo rato bebiendo lágrimas. Más se dolió la pobre niña en la tarde de un domingo, porque había venido muy ufano Ricardo á la aldehuela con traje flno de lanilla, con sombrero nuevo y botines lustrosos, con camisa planchada y reluciente, con su golpe deslumbrador de gemelos de doublé, con corbata de seda y leontina de plata. Ya eia un sefiorito Cardo, y ahora Celia se avergonzaba más que cuando el mozo, moviendo la mano como un bebé que llama, quiso robarla una caricia, poniéndola en la pelusilla del rostro las yemas de los dedos. Cardo volvía ciudadano y preguntaba quién le compraría los cuatro miserables carros de tierra y aquel cubil de casa. Y contaba de su madre, la anciana viuda, que trataba de establecer en la capital ima buena hospedería para ganar muchos centenes con los habaneíos. Cardo olvidábala tierra, y aquellos cuadros de hortaliza que jild üufila, -y 43 eíiay 4 arJ rgentttar (lBT ¿rcasuca Aque lio eia hernioso un idilio de alta poesía pa stoiil, con todos los requisitos de la ógloíja. Cardo tenía fueizas beiculeas, muclias fueizas, adquiridas en el sano vivir de la aldea, tiabajando en las rudas laboies al ane libre, respiíando siempre las auras y las brisas, henchidas de pureza nutritiva y baludable La tierra blanda y dócil, esponjada y dispuesta á iecil) ii la semilla, le eia flel al muchacho, y tal maíía se daban, el en i equerirla y ella en corresponderle, que los terrenos labrados por este mocetón eian los mas fetundos de la aldea tíe habían entendido la tierra y él en el consorcio de mutuo auxilio, y allí estaba el lugai de Cardo, en el burco, allí estaba el puesto del robusto aldeanote, obre el labzantio, ablandando el suelo, hendiéndole y zarandeándole, sacando al sol con la uña de aceio la entraña escondida Y allí mismo tenía Ricardo el piemio la aldea, á cambio de su labor, se lo ofrecía todo abundancia en las mieses, mucho revuelo en el corral, gordos huéspedes en el establo, y en el hogar aquella liermosa Celia, dulce y carifíosa, rubia como las panojas de oro: una chiquilla que luego sería madre de unos mozos capaces de darle al campanón de la parroquia fuerza, de un solo arranque, para estar medio día volteando. Pero pasaba cerca del pueblo una línea blanca, que se perdía allá y allá, á un lado y á otro, entre las aldeas lejanas: érala tangente de aquel círculo abrigado y delicioso de la vida sosegada; era la carretera, Ui llevaba á la ciudad y que extraviaba por los pueblos desc (cidos; era la serpiente fascinadora, que se tendió allí i i engañar á los ansiosos de aventuras, á los inquietos y á los u riosQs; era el camino, el mayor enemigo de la aldea: no o i taba á los bandidos para que asaltasen á los viajeros, pero n i despojando poco á poco al lugar de sus moradores. Se odia i quizá la tierra vegetal, lonchada y húmeda, ávida de pagar ciento por uno, y la grava del camino, seca, estéril, apisonada, polvorienta Ricardo menudeaba sus visitas á la ciudad, y prestó al cabo en el pueito sus fuerzas á la industria, al tráfago incesante y absorbente. Ilizo amistad con el camino, y pronto olvidó su otra amistad: la tierra Pronto dejó de regresar á la aldehuela todas las noches; pronto se prendó de su salario, pagado en plata reluciente, y desdeñó los x 7 cuido tanto, les hallaba miserables; y aquella casuca, cuyos desvanes llenaba siempre do grano, cubil la creía. Eia ya el almacenero de un señor rico! El viento le favorecía con tal empuje, que estaba dispuesto Cardo á desplegar todo el velamen en busca del mejor fondeadero. ¡Y en la olvidada heredad, las plantas se secaban tristementel Una comadre, lavandera de oíicio y charlatana de profesión, trajo un día á Celia noticias do iiicardo, que no habla vuelto al lugar ni había mandado por nadie un mal recuerdo Se había hiepidol Besde que era almacenero, ni saludaba á los de la aldea. Su madre traía sran jaleo con! a posada, puesta con los cuartos que dieron por las tierras, y una obrerilla juguetona, alegre y lista, había cogido á Cardo en sus anzuelos. Todo