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El 7 AMÍNr Novela de D. F E R N A N D O Ilustraciones SEGURA da ALBERTI DI L CERTAMF. K LITERAHIO DE BLANCO Y NEGRO SI A la casita en la hondonada, entre las dos laderas, libre de los vientos, defendida de los temporales, hundida en un macizo de árboles y matas, muy al abrigo de las crudezas del invierno y de f ¿cv rlos ardores del estío. En el lugar llaman La Teja á la casuca, porque arriba, en la cima del tejado, para señal de las palomas, como una peineta de concha sobre os cabellos de una maja, asoma una teja, clavada alli Dios sabe cuándo, quizás por la época en que jse colocó la techumbre. Se descarrió la casa del pueblecillo, y se agazapa en un rincón apartado y silencioso, escondiéndose entre la frondosidad como un chiquillo travieso que corrió la escuela. Sobre su cubierta roja cae la espesura de los árboles, y á veces los frutos en sazón, picados de los pájaros, ruedan hasta los canalones, ó rebotan y van al huerto, ó se cuelaii en la solana. En las vecinas praderas pasta el ganado, quietas allí las vacas insaciables. Kl ruido de los campanos es el único que altera el plácido silencio. Sumida está la casa en la quietud de la isiesta, más pesada que dormitar de perezoso; se oye el arrullo monótono, igual, pausado de los pichones, que en el poblado palomar del portalón levantan un murmullo que adormece. Más ruidos hay, porque canta á un lado una canción de dos notas, toda estribillo, el agua de la fuente, corriendo en busca del lavadero á vestirse orgullosa de espuma de jabón; luego en busca del regato, á dejar triste entre las guijas sus tenues galas; luego en busca de la mar, á esconder sus vanidades y sus desengaños. Allí vive la Celia, y á este son que la cantan el agua que corre y las palomas que se arrullan, ella medita en un rincón del huerto, á la sombra de un Mcjál, mientras devoran las gallinas y los poíluelos las migajas que acaba de arrojarles. La madre fué á la ciudad á entregar la ropa lavada; el padre, el. tío Cosme, en Santander, está con el carro, aplicado á ganarse un jornal con el trajín de transportar un cargamento. Celia, ñi de. su padre ni de su madre se acuerda ahora: su oído se complace en escuchar aquellos ruidos; sus ojos no se apartan de las aves, que se disputan las migas y los granos; pero su alma, ni oye los arrullos tiernos, ni repara en las aves comilonas, ni atiende al rumor de la fuentecilla. Se distrae allá, muy lejos, hacia una heredad más peinada por el arado que por el peine la cabeza de un pisaverde. Y vuela aquel alma joven por las alturas, y. se mece en loa aires, sin miedo, porque aún no tropezó con las crestas agudas dé los montes, con los picachos que dejan las ilusiones cuando se resquebrajan. Piensa la Celia en Cardo, el mocetóñ de planta gentil, de ojos azules, de pelo ensortijado, de sonrisa retozona y picaresca. Es el primer amor de la Celiuca. ¿Qué la dij. o Ricardo un día, que ya no pudo sosegar la pobre? Nada extraño, ciertamente. ¿Pero cómo se lo dijo? Mirándola mucho; metiéndola todo el azul de aquéllos ojos. en el alma; traspasándole el corazón; doblando, con dejadez infantil, la mano sobre la muñeca, y robándola una caricia suave con las yemas de los dedos; despertando en la muchacha una sensación nueva, un hormigueo de hormigas de miel, que primero fué una gran inquietud y una gran angustia, luego una gran alegría, con mucha gana de reir locamente, luego unas dulces ansias de llorar y luego, cuando la niña se quedó sola im raudal de lágrimas. También Cardo se enamoró de veras y se engolfó en la ternura de aquel afecto tranquilo y puro. En los comienzos de este cariño los dos se querían con igual pasión: Ricardo, el muchachote recio y sencillo de la r