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mismos á su tranquila dicha, con la naturalidad del que pronuncia palabras sagradas de una oración, me llegó muy á lo hondo. E r a la imprecación inconsciente contra el eterno combate h u m a n o de lobos, contra las pasiones de las grandes capitales, lanzadas á todo vapor unas contra otras como locomotoras por las mismas vías, contra el odio nacido de todos los inmensos egoísmos, mayores y más fieros donde hay más aglomeración de gentes. Seguí visitando la, casita, con creciente curiosidad cada día, y lo confieso, envidiando la plena felicidad en ella anidada. El invierno me llamó á Madrid, y me despedí con p e n a de la dichosa pareja, mis anacoretas modernistas como yo los denominaba mentalmente. Luego las peripecias de la vida, otras ideas, nuevos rumbos, muchos años transcurridos, hasta que exigencias de familia (tenía un tío avecindado en) a capital de provincia en el término de la cual se enclava el cenobio de la ventura) me llevaron á la salmantina región, y entré con deseos de ver á mis antiguos y rurales conocidos. Eran buenas gentes de veras. Se alegraron de verme, me reconocieron y me juraron que se habían acordado de mí. Encontrábame con la misma dicha y con la misma calma. Por aquel hogar continuaban sin pasar las tempestades. Al contrario, u n nuevo motivo de regocijo reforzaba el habitual en la casa. I b a n mediados quince años desde mi descubrimiento, y me 1 hallaba convertida la mamoncilla en una gallarda muchacha de hermoso rostro, fresca y sonriente, con la fortaleza campesina en el cuerpo. Esta misma vida al aire libre era causa de que los padres se conservaran también jóvenes. Diríase que el tiempo no ejercía dominio sobre el desierto de las dehesas. Elogié á la muchacha, gasté alguna b r o m a sobre la dificultad de casarla en aquel desierto, hablamos de los padres, les pregunté por su vida, y esta vez, ya con capciosa intención, les dije, esperando las proféticas palabras q u e en efecto, brotaron: ¿De modo que ustedes siempre dichosos en estos andurriales sin ver á nadie? -Al amo cuando viene á ver su hacienda- -me replicó él, -y por feria, que llevo á éstas á la ciudad. Y... -Sí, ya lo sé- -le interrumpí. -Tan á gusto con su soledad de ermitaños, sin odiar á nadie. in Volví por la provincda varias veces, siempre á escape. La muerte de mi tío me retuvo allí u n a temporada, y in día me encaminé á la casa del hombre feliz, al desierto de las dehesas. Aquella parte de la región hallábase cercana á la sierra y lejos de todo poblado. Sorprendí, por tanto, á mis cenobitas, apeándome en su puerta de u n soberbio macho, porque ya mis piernas no eran las de u n paisajista bohemio que toma apuntes, sino las de un pintor laureado, rico y gordo. ¡Qué desolación en la casa! ¡Qué dos caras de viejos en poco más de u n par de años! Al verme se echaron á llorar; y como preguntara por la moza, extrañando su ausencia, y más aún e! llanto en quienes no vestían de luto, mientras la madre vertía sus lágrimas en silencio, el padre excla n r ii. nh ii Ih d- íf mó iracundo, mostrando el puño á algo invisible; ¡No m e hable usted de ella! ¡La infame! ¡La mandamos á servir á la ciudad, y la ciudad mo la echó á perder, casándola con un bribón que no nos (juiere, y que ha hecho á ella misma, á mi hija, que nos pierda la ley que nos tenía! ¡Pobres gentesl ¡Ya odiaban! ALFONSO P É R E Z NIEVA DIBUJOS DE ALBERTI