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renacer al beso de una primavera temprana; entre las ramas retorcidas piaban alegres los pájaros. Manolín ideaba diabluras para asustar al abuelo, y éste, marchando detrás del niño, pasaba del sobresalto á la ternura, sonreía bondadosamente, saboreaba aquel ultimo amor de su vida La senda por donde iban ambos torcía de pronto en una altura coronada por extensa planicie. Al llegar á la mitad de la pendiente, Manolín emprendió carrera veloz hasta ocultarse en el recodo á las miradas de su abuelo. -No corras, Manolín, no corras- -le gritaba el viejo. -Ten cuidado, que está ahí la alborea. Y como no le contestase apretó el paso, sin dejar de gritarle con voz ahogada; ífo corras, Manolín, no corrasl Cuando llegó á lo alto, el niíio no estaba. Detrás del recodo, ol depósito, lleno de agua hasta los bordes, apareció como un monstruo devorador á los ojos aterrados del viejo. Miró por todas partes; gritó sollozando, y se perdían sus lamentos en la explanada silenciosa, envuelta en la luz ardiente del sol. Entonces se fijó en la alberca, sobre cuyas aguas tranquilas fulguraban chispas de diamante descendidas del cielo. Y mudo por el terror, anonadado, clavó sus ojos, desmesuradamente abiertos, ojos de loco, en la gorra azul de Manolín que flotaba en la orilla... ¡Orivengal ¡orivengal- -chilló en aquel momento á su espalda una vocecilla burlona. El anciano pudo aventar la rigidez de sus músculos, y volviéndose bruscamente, vio asomar por detrás de un árbol la cabecita risueña de Manolín que, muy contento con su broma, repetía el inocente estribillo: ¡Orivengal... ¡orivengal ¿Ustedes creerán que el abuelo cogió al chico por las piernas y lo tiró de cabeza al estanque? Pues nada de eso. Le apretó contra su corazón, y cuando pudo recobrar el uso de la palabra, fué lo primero que dijo: -Este demonio de Manolín ¡tiene cada ocurrencia! LUIS GONZÁLEZ GIL DIBUJOS DB MÉNDEZ BRINGA í -3.