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IvíJLMOXvIKT %0 fij I L abuelo se le caía la b a b a de gusto con las ocurrencias de Manolín. Todas las tardes de sol, cuando terminaban el almuerzo, Manolín cogía al viejo de la mano y le decía con terquedad mimosa: ¡Vamos á paseo, abuelitol ¡Anda! ¿Quieres que vayamos? Y aunque al pobre viejo le agradaba mucho una reposada digestión junto á la chimenea encendida, n o sabía contrariar los caprichos del nieto. Le amaba tanto como sus padres, y le hubiese parecido u n crimen causarle el m á s pequeño disgusto. ¡Hala! ¡hala! como dos compañeros de colegio, el anciano y el niño emprendían una larga caminata á las afuer a s del pueblo, brincando Manolín igual que u n gozquecillo rebelde y encaramándose en los pelados árboles que hallaba en su camino. El abuelo, arrastrando las piernas, seguía con embobados ojos las travesuras del chiquillo, que ei n o podía emular y solían llenarle de espanto. Porque, como travieso, ¡vaya si lo era Manolín! Algunas cuestas las bajaba rodando con las piernas encogidas y la cabeza oculta e n t r e los brazos, materialmente hecho u n ovillo Y el viejo, soDresaiiado al verle rodar como u n a pelota, aligeraba la vacilante marcha p a r a salvarle del peligro, y llegaba jadeante, cuando ya el niño estaba de pie, sin más detrimento que algún insignificante rasguño y varios sietes en los calzones. Entonces pretendía reñirle y hasta ponía ei roüLi- o ceñudo Pero al ver los ojos tristes de Manolín, sus mejillas de rosa manchadas de b a r r o y los bucles desgreñados que orlaban su cabecita melancólica como la de u n nazareno el viejo desarrugaba el ceño adusto y se comía á besos al muchacho, m i e n t r a s le decía balbuciente de emoción: l i- h. -hecho daño, sol mío? Hijo de mi alma! tengo la culpa por no h a b e r ¡do más aprisa Y apenas si se reía Manolín con los sustos de luelo! I. I igó la tarde m á s bella del invierno L o s árboles desnudos, bañados por la luz esplendorosa del sol, parecían K.