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V arelA reparos mi parecer y te diga cuanto yo sepa de lo que por aquí ocurre referente á tu asunto. Lo primero es tonto, puesto que desde el primer momento no he usado de eufemismos para expresarte lo que yo opino, y, por consiguiente, huelga insistir en ello. De lo segundo sí puedo decirte algo, y t e lo diré, aun cuando todo lo considere inútil. Como hay cosas que no se pueden tener ocultas, y como, por lo visto, maldito lo que os interesa ocultarlo lo mismo á ti que á tu amiga, claro es que tu situación es ya suficientemente conocida en San Sebastián; no hace mucho que hablé con tu p a d r e y p u d e apreciar que el pobre señor está al tanto de todo. Claro es también que los que menos s a b e n son los padres de María Luisa, y menos aún la última; pero con lo que ya saben y con lo que sospechan, tienen bastante para ser felices. Ya está satisfecha tu curiosidad, y ahora te ruego que mientras no me necesites para otra cosa, m e libres del enojo que me producen tus cartas, Ko puedo ser más franco. Tu amigo- -Pepe. María Luisa estaba sentada en el mirador de su casa y tenía en las rodillas, sin prestarle atención, uno de los periódicos locales. De pronto sus ojos se íijaron maquinalmente en la sección telegráfica del diario, hizo un brusco movimiento y leyó con avidez el siguiente telegrama, fechado en Madrid; Escándalo mundano. L a comidilla del día en todos los círculos aristocráticos y en todos los lugares frecuentados por la sociedad de buen tono es la fuga de u n a dama, perteneciente á esa m i s m a sociedad, en compañía de u n apuesto galán, forastero en Madrid, pero muy conocido en San Sebastián. El nombre de la dama, que es joven, viuda y muy hermosa, corresponde á las iniciales M. H. de V. El del galán á las letras M. C. La discreción me impide ser más explícito. -El corresponsal. La hipócrita advertencia final n o fué leída por María Ltiisa, ¿Para qué? E r a suficiente el veneno sin añadir el sarcasmo. Cuando acudieron sus padres, María Luisa seguía sentada con el periódico en las manos. E s t a b a muy pálida, pero bellísima. Parecía una azucena inclinada sobre el tallo. De D. Ignacio Cortázar á Mariano: San Sebí. stián 2 de Mayo de 188 He recibido tu inesperada carta del 28 del mes pasado, fechada en París. Repito que no la esperaba, pues presumía que quien tan mal se condujo como hijo y como caballero, no había de volver á acoidarse de mí. Sin embargo, no me h a extrañado cuanto en tu carta m e dices. Que te veas burlado y escarnecido es cosa lógica y, por lo tan to, era inevitable. ¿Acaso pensabas tú, mente ato, que la mujer que faltó á todas las leyes del decoro iba á consagrarte una fidelidad eterna? Todos los que como tú obran son iguales: idiotas más que perversos. No quiere esto decir que tu conducta tenga atenuación posible. E s todo lo que: tiene que responderte tu padre- -Ignacio. Postdata de la madre de Mariano: Querido y desgraciado hijo: Sin que tu padre lo sepa añado u n í s líneas á la carta que te escribe. Comprendo lo mal que te has portado, y m e tienes m u y disgustada; pero no puedo menos de compadecerte con toda mi alma al s a b e r lo que sufres y rerte tan desgraciado. ¿No es verdad, hijo mío, que estás ya completamente arrepentido de t a locura? H a y mujeres muy malas que no sé lo que tienen, pero que hacen mucho daño. Tú has sido siempre muy bueno, hijo de mi alma, y espero en Dios, como así se lo pido todos los días, que has de volver á ser lo que eras antes. Por lo mucho que te quiero te pido.