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lejos, ¡muy lejos! y el resplandor de aquella blancura silenciosa empujaba á la sombra, detenía al crepúsculo, reflejaba la llama de los astros, que en el cielo limpio y sereno ya, ardían con puros fulgores. -iQué fríol Tápame. -Vito; vamos, ¿sabes? con madre Claudia, que tiene candela. ¿Y por ande vamos? ¿Tú ves? Toíto es blanco. -iVerdá que no sel Espérate, condenaíno; miá qué gomitera de rejiletos te entró No sé no sé! Ni camino, ni n á. Y Jacintina empezó á llorar angustiada, echándose cabe un tronco y tapando con el pedazo de zagalejo que le servía de manto al que dentro de sus calzones tiritaba. Entonces sintió una de sus explosiones de amor maternal, de amor infinito hacia aquel triponcillo que ella llevaba desde que nació. Pobrecino, ohiquetino I Arrebújate ahí; aprétame con juerza quítame la calor. Víctor se dormía sin dejar de apretarla con los brazos; ella, la madrecita, sentía también un sueño que la abrumaba; y se iba á dormir así, en el campo, en medio de la temerosa noche, con aquel hijo en el regazol Ah, qué lejos estaba La Nava! ¡Qué lejos las almas buenas que les llenaban la barriga y les daban un rincón caliente en el pajar! -No te duermas, Vito. ¡Tengo miedo! ¿Sabes de qué? De tó. De ná. ¡Pobrecino, chiquetino! La llama fulgurante de los astros resplandecía en el sereno cielo, en la tierra blanca, en los árboles, en que la nieve se volvía cristal. Allá, muy lejos, pasó un hombre cantando; algún aventurero montado en su mulo, que esparcía por el castañar helado la trova quejumbrosa de su amor: Tú eres la nieve, la nieve; -yo soy el sol. Échale nieve, chiquilla, -verás qué jervor! ¡Chacha, estoy zurraíno! Llámalo. Y con voces débiles llamaron al de la copla, que iba allá, camino adelante, bajando la riscosa cuesta- ¡Tío, eh, tío! lÉchale nieve, chiquilla, verás qué jervorl Después, nada. El silencio espantoso del bosque blanco, la imponente soledad de la noche, la desoladora tristeza de aquellos árboles desnudos- ¿Tú has visto la Conceción? -La vide un día ahora me acuerdo. Madre me la enseñó. ¿Con rejiletos? ¡Quita palla! Con un mantón azul Uenito de estrellas. ¡El que estoy viendo es más grande! Arrebújate asina. Te echaré el aliento; asina. Los dos se dormían entumecidos, paralizados, con un dulce sopor. El viento sonaba entre las ramas en que el cristal crujía. Relumbraba la bóveda azul con el relampagueo de los astros Una mansa paz de cementerio iba invadiendo el bosque. ¿Qué ves ahora? -Veo un ángel- ¿Blanco? -Muy blanco y muy grande. Creo que es un árbol con alas. ¿Quedrá llevarnos? ¡Ajolay! ¡Tonta, si fuese madre! -No, no. Madre está en el cimenterio. K- ¡Qué frío tendrá! -Tú también tienes mucho. Aprétame ¡ay, que no puedo menearme! Ahora me parece que no es árbol, que es ángel ángel de nieve. Vito, ¿tas dormío? ¡Ya! ¡Pobrecino, chiquetino! S ¡Y así se durmieron para siempre bajo las alas del ángel, abrazadas en vida y en muerte, aquellas dos pobres criaturas que trajo la miseria y se llevó la nieve! JOSÉ NOGALES DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA