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jALUD, viajero. ¡Cuánto te agradezco tu visita! Una semana entera llevaba subiendo en vano á la veleta de la torre, desde la que se abarcan centenares de leguas, sin descubrir ningún expedicionario. Allá arriba me paso la vida, ojo avizor, en el campanil, entreteniendo el tiempo en dar á los toques esa misteriosa vibración que poseen los bronces sagrados de los templos seculares y en contar al chico del campanero las historias de los reyes de piedra que duermen bajo estas naves con el eterno reposo. Al ver mi silueta sobre una gárgola ó sobre un arbotante, me toman en la ciudad por un águila. H a s t a cierto punto, no se equivocan. Como ella, tengo alas gigantescas. Ven, viajero, entra, te serviré de guía. Mira esas estatuas yacentes, esos ángeles del crucero, esos santos de las vidrieras. Todos te atisban, estremeciéndose al oir tus pisadas. Quizás si penetraras solo, te recibieran con ojos iracundos, echando mano á sus mandobles las efigies, volando á las cornisas los serafines y envolviéndose en sus mantos los patriarcas. No les inculpes. Son h u r a ñ o s porque se encuentran fuera de su tiempo. Representan el pasado y se sienten heridos en sus pupilas de lechuza. ¡Si les vieras en las serenas noches de luna, cuando la poética claridad llueve su luz de plata sobre la iglesia! El hada del ayer, una deidad pálida, tan pálida que no la distinguen de día sino los iniciados, se aposenta ante el órgano, y apenas oyen sus acordes, los muertos de los sepulcros se levantan y se postran en oración, los espíritus puros se ponen á cantar acompañados de las trompetas, y los apóstoles de los cristales juntan sus manos para bendecir, mientras yo presido la sacra velada desde el sillón episcopal del coro. No temas. Toda la santa gente sonríe. Ya saben que eres de los nuestros al verte conmigo, y hasta sienten su poquito de vanidad satisfecha. ¡Qué quieres! ¡No en vano se tiene derecho á la admiración de los siglos! Hubieras entrado con el sacristán, y habrías sido u n simple curioso; pero penetras llevándote yo de la mano, y te sitúo para que aprecies el conjunto bajo ese arco toral de blonda de piedra, y eres u n artista. Su protectora, su amiga la que vela por su perpetuidad gloriosa, la que mantiene brillante su fama, te escuda á ti, viajero amante del pasado que vienes á vivir unas horas con ellos. Ven, vas á pasar el gran día. Yo te enseñaré hasta el último rincón; yo t e mostraré las capillas góticas, los ábsides ojivos, los retablos de alabastro, los calados rosetones, los frescos de los muros, los óleos de los altares, las crucerías de las bóvedas; yo te llevaré á las salas capitulares, y á los armarios de las casullas de oro, y al camarín de las alhajas, y á las criptas de los enterramientos; yo abriré ante ti los infolios en pergamino; yo t e diré los reyes que h a n penetrado por el pórtico de honor, los prelados que se han ceñido la mitra en el crucero; yo te daré á conocer, página por página, la historia de la catedral. ¡Ven, ven! ¿No me conoces aún? ¡Soy la leyendal AiíONSO P É R E Z NIEVA BAJORRELIEVE DE COULLAUT