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con el lento son de la cencerra, que repercute en los profundos barrancos como u n ritmo melancólico y triste de alborada. Sobre la grupa del último macho, el arriero, medio dormido, vigila el paso de su convoy; muy alta, sobre la blanca camisola, la faja de lana roja; adelante el b u r d o chaquetón de solapas verdes, el porrudo cigarro á u n lado de la boca, en la mano derecha elnavajón abierto, y en la izquierda la vara de olivo, en cuya verde corteza va marcando con la hoja de acero, al lento compás de la marcha, las muescas y cruces de su tarja, los maravedises y teleras de su trabajo. E l paisaje está completo entonces; el camino solitario, salvaje y silencioso; el aire libre y puro trae todavía el aullido penetrante de algún lobo que olfatea en los riscos desiertos el perdido rastro de su manada; la corneja, engañada por la media sombra del amanecer, en cuyo cielo amplio brillan inmóviles estrellas, lanza aún al ambiente quieto su acompasado grito. Al paso, al borde del escabroso camino, aparece alguna cruz de encina, vestida de yedra, solitaria del yermo El arriero la conoce y se descubre; en sus labios tiembla el padrenuestro, solemne y grave en la soledad agreste: ¡aquélla es la historia de sangre, de amor y de celosl y aparece ella con sus ojos de luto, y su pañolón algabeño de rojos florones, y su frente hermosa y morena de virgen serrana; y luego él, el muerto, como si loviera! con el rostro amarillo y tieso, con el pecho agujereado por una faca Y ya más adelante, sobre las abruptas quiebras de! camino, donde aún resuenan como u n melancólico r i t m o de alborada las notas de la cencerra, el arriero, meditabundo, lanza sus malagueñas jarrieras, que le siguen á lo largo repetidas por ecos dolientes, estremecidas en el aire plateado de la m a ñ a n a como u n sollozo de trágicas historias. La luz aumenta á gran paso; empieza á disiparse la t r a n s p a r e n t e niebla de la noche; los madroños selváticos dejan v e r sus botones de p ú r p u r a bajo la hojarasca verdinegra; al pie de las rocas brotan y a manquillas blancas y rosales bravios que el relente salpicó de perlas; a l paso de la recua, algún conejo montaraz salta sobre los lantiscos con frenético y aterrado galope; en Oriente hay u n inmenso tono de luz suave y arrasada; sobre la tierra toda se tiende u n turbión de blancura nueva y fresca; en el ambiente, profundo, de inmensa perspectiva, un gavilán tiende sus alas, su vuelo que parece inmóvil, marcando sobre el horizonte claro u n arco negro, recortado y duro. Las jarrieras melancólicas, el doliente cantar del bardo de los caminos salvajes, llega, al fin, á las casitas so litarlas. L a familia espera aquella bendición de Dios. L a faena de descargar es de toda la gente; la chiquillería se agrupa en torno de los sacos que, puestos de pie, les llegan más arriba de la barba; se empinan sobre s u s pies descalzos, meten las manos en el trigo, y mascando el grano, el pan, ¡la bendición del cielo! corretean con frenética algazara de gorriones. Entretanto, el p a d r e se entera gravemente de los acontecimientos de la aldea, y la madre prepara una lamparita p a r a la estampa de la Virgen patrona. ¡Ea, ea, ya hay trigo, hay siembra y pan nuevo; el buen jarriero se trajo abrigada en la m a n t a el cachito d e levadura; es buena hora para el ceremonial! Y salen todos; el campío aguarda con los surcos abiertos; ¡bendición da verle! El padre lleva el costalillo al costado izquierdo; la madre lleva su parte de grano en el delantal; la chiquillería lo lleva á puñados, y va detrás de los mayores triscando por los surcos. Ya se está en el centro del campo; los hombres se descubren, y al primer p u ñ a d o de trigo que se arroja á u n lado y otro, se m u r m u r a seriamente, solemnemente: ¡Jesú! ¡Jesú y güen año! Y la madre, con una piedad m á s lírica, más femenina, más resignada: ¡Jesú! ¡por la itena pro, Jesíí mío! Y la chiquillería tira su puñadillo á todo lo alto y se ríe locamente sintiendo la lluvia de granos que le cae en la cara, en las orejas. Es la fiesta jarriera con todo su sabor bravio, con toda su patriarcal y sincera poesía. E l saquito se agota; se siembra sobre los surcos en forma de cruz. Toda la familia va en pos del padre, q u e distribuye la simiente fecunda y sagrada; y detrás de la familia u n tumulto de gorriones revolotean y se atrepellan sobre los surcos, celebrando con los alocados píos de sus gargantas, llenas de sol y de aire nuevo, el beso nupcial de la semilla y de la tierra. ADOLFO LUNA