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J V (FAENAS AiNn? U. y 2 AS) L vigoroso terrenal de la sierra, moreno v retostado por los soles de Agosto, adquirió bajo las lluvias del invierno un tono violento y rojizo; el hierro del arado pasó hendiendo la pastosa tierra, la rasgó con largos surcos tendidos sobre las escuetas planicies, y empezó la solitaria y alegre faena de la siembra. Es ella la faena más íntima y poética del campo. El paisaje se envuelve en uaa quietud augusta, majestuosa y austera. Nunca como ahora es el horizoute tan amplio, tan inmenso, tan libre; coifusamente le limita la lejana sierra como un tropel titánico de fornidos lomos, á cuyas corazas y yelmos de nieve arrancan los soles juveniles de Marzo fantásticos reflejos. Sobre la tierra, desolada y sin árboles, se eleva una blanca neblina de misterio como una respiración de fecundidad futura. Todavía el sol, que palidece bajo las nubes como un brochazo amarillo, no ha despertado con sus besos ardientes la vida y el idilio; las mariposas duermen como las semillas, y en el campo reina aún el supremo silencio del amanecer. Pero ya sobre esta tierra humeante se agitan y se entierran los fuertes zapatones labriegos; crujen sobre ella los rudos zajones de cuero ennegrecido, y las tercas frentes, duras y tenaces, se inclinan sobre los surcos abiertos con un reto calmoso y heroico á la naturaleza adormecida. Hay ahora algo como un desperezo, como un infinito suspiro de esperanza sobre el paisaje triste. La tierra tiene su psicología y su alma, sus duelos y sus amores; parece un corazón inmenso que palpita siempre, que ama y que se desespera. Si la veis en estos días, á raíz del invierno, aún herida y desolada por su azote, os sugerirá la emoción tristísima de la soledad y la desesperanza; de sus pai. ajes humildes y yermos se desprenderá para vosotros una queja larga y penetrante; las casitas dispersas en la ondulada planicie os parecerán acurrucadas y temerosas bajo sus techumbres de heno, aterradas aún por los despiadados oleajes del huracán; y las ventanitas cerradas os parecerán ojos que se cierran de terror, y las leves columnillas de humo de las chimeneas algo como una caricia quejumbrosa que ruega piedad Piedad al viento huracanado que silba en las ramas sin hojas, desgarrando en los espinos su clámide soberbia y destructora, y aullando en las hondonadas ingentes su furia de brujo Piedad á la lluvia que no acaba, eterna y triste como deben de ser los sueños del nicho. Pero ya calmaron esas lluvias tenaces; su lento repiqueteo, que arrojó la vida de los campos, que reinó en ellos muchos días con un ritmo de angustia, cesó de repente una mañana; las nubes se desgarraron; navegaban con celeridad mareante, densas y picudas, dejando á un lado y á otro filamentos de plata dispersos por el rudo tironazo del viento; y allá en el fondo apareció primero un cacho de azul ñitenso y vivo como una sonrisa de gloria; luego acá y allá aparecieron notas celestes, serenas, vivas ó confusas á través de las nubes deshechas, que caminaban con la majestad arrogante de un gran ejército derrotado; sus masas enormes de intensa blancura se atropellaban en lo alto como siguiendo un rumbo ignorado é ignoto; y por entre aquel cataclismo de- colosos dispersos, el sol aparecía á trechos, cayendo sobre el campo como ima carcajada infantil y nueva. Fué entonces cuando se abrieron con estrépito las puertas de las casitas dispersas, como si dieran un parabién al campo soleado; y se abrieron las ventanitas con ansia de un respire de luz; y las columnillas de humo de las chimeneas se elevaron sobre un fondo azul, brillante como el raso, sionriendó amigablemente al paisaje nuevo. Y salieron entonces en tropel los habitantes de las casitas; apareció el rejo zagalejo de la madre, tendiendo ropa blanca en los cordeles y en las horquillas; sobre el brocal del pozo el aire tibio columpiaba- manojos de jaramagos; brillaban las pitas con verdor de lujo, y la atezada chiquillería, ruidosa y alocada como el sol, jugaba al escondite, persiguiendo á los caracoles que arrastraban su plateada estela sobre los setos y los troncos. Llegó el tiempo de las iaí- neras. Apuntaron ya alboradas azules, de un azul profundo y transparente, de v; na quietud inmensa y religiosa; los pájaros que han resistido el invierno murmuran en los surcos sus débiles gorjeos de admiración; hay un infinito recogimiento en la naturaleza; ha pasado el terrible azote de la invernada, y en el aire que sopla la amarillenta semilla del musg haciéndola girar en remolinos sobre el agua espejada de los regajos como una dan: za de duendes, se respira un nuevo aliento de fuerza y de vida. A esa hora inicial en que la tierra silenciosa parece sentir todavía la fuej- te emoción de la noche, las casitas serranas se han abierto ya y esperan. Desde el pueblo remoto, que desde el cerro más alto apenas se distingue en días claros como una nubécula blanca tendida en un mar verde esmeralda, ha salido, antes que el sol apunte, la caravana arriera. La recua de machos con gualdrapas de estambre rojo, encabrestada, en fila paciente, cargada de costales morenos que despiden un olor sano y fuerte do lona y de trigo, se dirige á las lejanas heredades de la sierra con 1 paso calmoso y lento de una caravana árabe. El corpulento guión, práctico en las quebradas sendas de los peñascales, por las que trepa agarrando sus cascos á los agudos salientes de las rocas, lleva á rastras á la recua entera, marcando elcompás de la andadura Í i