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hombre gordo despertó, al verla con la cara tan blanca dijo riendo con la fuerza de, una grúa: ¡Ay, no sabía que viniera con nosotros D. Tancredol Al amanecer de una mañana primaveral, entraron por la ventanilla del coche los perfumes tibios y sensuales de la campiíia andaluza; dejamos atrás al fantasma de Despeñaperros y á Santa Elena, donde le hicimos creer al señor gordo que había estado prisionero Napoleón, y al pasar por la estación de Carpió, el asombro se pintó en los ojos de nuestro héroe. ¡Cómol- -nos preguntó, ¿este Carpió es aquél del que dicen en un drama que yo he visto: ¡Ay de ti si al Carpió vas? -El mismo, querido amigo, le contestamos nosotros. Como la estación ide Pedro Abad se llama así en recuerdo del jefe de estación que la fundó. -Y en esta chirigota llegamos á Tocina, estación donde no debía parar el tren en días de vigilia, y volviéndose la jamona al señor gordo le dijo: ¿No ha oído usted? ¡Tocina! Usted no pasará de aquí. -Ya nos quedaba poco para terminar nuestro viaje, y ¡cosa rara y fenómeno curioso! conforme nos íbamos acercando al Empalme, la estación anterior á Sevilla, íbamos h blando todos con marcado dejo andaluz. ¡Lo que puede la sugestión de aquel cielo azul, que parece una inmensa turquesa, y el ambiente de los aromosos azahares que embalsaman el aire, perfumando la vida. Este parrnfillo le gustó tanto á la jamona, que se lo tuve que copiar. El señor gordo, en sus expansiones gastronómicas, deseaba por momentos darse un atracón de aceitunas sevillanas, de las que, según él, no iba á dejar ni el acento. En cambio, nc pudimos convencerle de que no le admitirían seis duros sevillanos que llevaba apartados, porque como él aseguraba: ¿Cómo no me van á tomar en Sevilla duros de la tierra? Llegamos á Sevilla, y al bajar del coche nos despedimos, haciéndonos mutuos ofrecimientos. Al entrar en la magnífica estación de estilo árabe construida recientemente, creímos por un momento ver en el andén inoros con turbante dispuestos á llevarnos el equipaje. A mi amigo le pareció el colmo de la galantería por parte de los sevillanos estrenar una estación nueva en obsequio de los pasajeros del tren botijo. En cuanto nos aseamos un poquito bajamos de nuestra habitación y encontramos en la puerta del hotel á un individuo de gorra galoneada en la que decía Siserone, así, en andaluz puro. Y en brazos del siserone nos echamos, ansiosos de recorrer Sevilla. ¡Sevilla! No recuerdo entre mis impresiones de viaje nada más agradable ni encantador que mi primera visita á la ciudad de la Giralda. ISastará decir que si no vienen en busca nuestra y no nos facturan en gran velocidad para Madrid, á estas horas seguiríamos mi amigo y yo paseando por la típica calle de las Sierpes, admirando las joyas del Alcázar, ó embobados ante una reja llena de flores, detrás de la que asoma una mujer como la sevillana, que tiene las tres mejores cosas para andar por el mundo: ángel, aroma y tipo.