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tara á aplacar los ánimos la presencia en el lugar de la lucha de u n padre güito, muy querido de las masas, que con una corona de espinas en la cabeza, con soga de esparto al cuello y un crujifij en las manos, salió á predi jo car paz y concordia. de varias vacilaciones por CarE n cambio, lo que redujo al irritado popular fué la decisión tomada despuéi de la Armería, sino que aceplos III, que no sólo acabó por consentir que los desmandados invadieran la Plaza balcones de Palacio para anuntando por embajador de las t u r b a s al fraile de San Gil, salió con él á uno de los Esquilache y Grimaldi, ciar que todas las peticiones estaban concedidas, extrañando del reino á los ministros respetando los usos y costumbres de los españoles y bajando dos cuartos en e pan, tocino, aceite y jabón. Tan en vítores y plácemes se trocaron con ello los desafueros pasados, que 08 que antes paseaban las calles apelando guerra y exterminio, las recorrieron después procesionalmente, pidií do á los vecinos de las casas las palmas del domingo de Eamos que tenían en los balcones, rogando á éstos que encendieran luminarias, y acompañando piadosamente un Rosario que á toda prisa se organizó en la iglesia de Santo Tomás. III Desde el amanecer del martes, sin embargo, las cosas volvieron á tomar el m á s negro de los aspectos. Mal inspirado, el rey, había salido tan sigilosamente para Aranjuez, que pareciendo á todos que m á s que de u n viaje, de una fuga se trataba, nadie vio en aquel inesperado acuerdo otra cosa que: el deseo de revocar las concesiones antes otorgadas, y todos, desde el primero al último, no pensaron sino en ponerse á la defensiva de los actos de fuerza que, á no dudar, debían hacerse esperar poco. Cuando ya algunos se proveían d e armas en las tiendas de los arcabuceros, que en tropel asaltaban, la casualidad deparó á otros en la calle de la Montera u n carro de fusiles que entraba en la Corte con destino á los cuarteles, y que en un abrir y cerrar de ojos fué desbalijado, mientras no falt 4 ba quien diera en la peregrina idea de soltar á las mujeres reclusas en la Casa- galera, y que de allí á poco fojmaban u n batallón que, armado de palos, chuzos y escopetas, no era el menos alborotador ni bullicioso. Los más, no obstante, en lo que persistían era en el pensamiento de atajar 4l rey en el camino y traerle d e grado ó por fuerza á la Corte, propósito que hubiera prevalecido si los directo es de la asonada- -que á no dudar los tenía- -no hubieran logrado encaminar por otros senderos á los revol osos, que t o m a n d o consejo del obispo D. Diego de Rojas, gobernador del Consejo de Castilla, optaron porque el mismo prelado redactara un mensaje al monarca pidiéndole la ratificación y pronto cumplimiento de sus isadas concesiones, De llevar el documento á su destino se encargó u n calesero llamado J u a n y nacido en Málaga, según unos; Bernardo, y natural del Toboso, según otros, el cual cumplió en Aranjuez su misión con tal entereza, que d e ella debierc- n quedar tan satisfechos sus poderdantes, como lastimada la digni Jad del Soberano. Con ello bastó, no obstante, para que los ánimos volvieran á tal estado de c ¿lma, que no hubo u n solo fusil que no fuera devuelto á los parques ó á la casa de los armeros, quedando ya t día 26 Madrid en tal estado de tranquilidad, que nadie se ocupó de otra cosa que de cumplir los deberes reli ¿iosos impuestos por la solemnidad del J u e v e s Santo. IV Con ésto y con la salida del puerto de Cartagena, y con rumbo á Ñapóles, d (il Marqués, terminó por completo el célebre motín contra Esquilache. S i l a asonada, por el pronto, no tuvo otras consecuencias que algunos c h i s p a, zo 8 que repercutieron en provincias, hay quien supone que la amargura que dejó en el ánimo de Carlos I I I contribuyó no poco á otro suceso de mayor trascendencia, no sólo en E s p a ñ a sino en todo el orbe católico. Pero esa es ya otra página que no entra en la que por hoy m e he propuesto arrancar á nuestra historia. DTEtUOS DE ESTEVAN ÁNGEL R CHAVES