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PAGINAS DE NUESTRA HISTORIA EL MOTIiN CONTRA E S Q Ü I L K C H E (23, 24, 2 5 y 26 de Marzo de 1766) I kESDE la mafiana de aquel día, que era el del domingo de Ramos, habla notado en Madrid algo d e ese inexplicable desasosiego que precede siempre á las conmociones ó revueltas populares. Sin haberse manifestado tal intranquilidad por hecho alguno oncreto, no faltaba quien hubiera notado que siendo mayor la afluencia de gente en las calles que la ordinaria, eran menos los grupos que se juntaban en los atrios de los templos en que acababan de bendecirse las pal mas, que no los que se congregaban en la P u e r t a del Sol, foro ya en aquel entonces del pueblo madrileño, ara retirarse de allí á poco á los barrios bajos, que no con menos razón podían calificarse de Aventino de nuestras masas. Aunque en muchas de las esquinas se veía desgarrado el b a n d o que en el as se mandó poner el día 10 de aquel mismo mes, todavía podían los que supieran leer, que no e r a n muchos, enterarse en otras de que se ordenaba en él, bajo pena de seis ducados la primera vez, doble multa la segí da y destierro la tercera, que ninguna persona de cualquier clase ó condición que fuera, pudiera usar el somh rero gacho ó chambergo bajo de copa y tendido de falda, la capa larga, ni en paseo público gorro n i redecilla, prendas todas que según el b a n d o debían ser sustituidas por el traje llamado entonces militar, consistente en capa corta, cabriolé ó capingot y sombrero de tres candiles. Si otras cosas no hubieran ya provocado la malquerencia con que se miraba á los ministros Grimaldi y Esqui! ache, que antes que todo otro pecado tenían el de ser. extranjeros, esta medida, tenida por a n t i n a c i o n a l y atentatoria á los usos y costumbres de los españoles, hubiera bastado p a r a hkcer crecer) a ojeriza, sobre todo contra el segundo, que era el que la había dictado. Traído á la corte de E s p a ñ a por Carlos I I I á su advenimiento al trono de San Fernando, D. Leopoldo d e Gregorio, marqués de Trentino, de Valle- Santoro y de Esquilache, se había isto tan colmado de honores, que no siéndole bastante recopilar en su persona tan altos cargos como el de teniente general de los Ejércitos, secretario de los despachos de Hacienda y de Guerra, con otra larga serie de ráercedes y distinciones, t a n rápidos medros alcanzó para todos los suyos, que hasta su hijo tercero, todavía on la cuna, fué nombrado para el pingüe cargo de administrador de la Aduana de Cádiz, sin otra obligación qijie la de tener un sustituto que le sirviera el empleo. Pero todavía m á s que esto le concitaba el encono la fama no inmotivada due se asignaba á su esposa doña Pastora, de hacer tan descocada granjeria de las mercedes reales, que no le faltaba más que sacar á puja los más codiciados empleos. Todo ello unido, bastaba para hacer olvidar qué providencias muy dignas de loa se debían al ministro Esquilache, tales como la creación de montepíos, la fundación de la Escuela de Artillería d 3 Segovia, la abolición de la tasa y, las mejoras en la policía y ornato de Madrid, que gracias á su. celo y á los planos de D. Francisco Sabatini, había de contar muy en breve con hermosos paseos como los de laí! Delicias y el Prado, y edificios civiles tales como las casas de Correos y la de Aduanas, al par que con un telnplo de la suntuosidad del de San Francisco el Grande. El pueblo n o veía más que la sórdida codicia y el origen siciliano dei mardués y exasperado de una parte por la carestía de los artículos de primera necesidad, y de otra por la flamanlte medida reformadora d é l o s trajes, necesitó poco los estímulos- -que también se supone que los hubo- -de gentes de otra condición más eleva da que la suya, para declararse en franca desobediencia y en abierta rebeldía