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ONFORMES de toda conformidad en que el perro es para el hombre su amigo más leal, fiel y desinteresado, una especie de Baltasar de La diva; que algunos tienen más inteligencia que sus amos, y hasta ladrando parece que se les entiende mejor que á sus dueños; conformes en que el perro merece toda clase de consideraciones, porque si el hombre, según la teoría darwiniana, desciende del mono, el perro parece una continuación del hombre; no hay m á s que estudiarle, y así veremos que un perro pequeño es gruñón, rabioso, ladra por la cosa más insignificante: condición humana. El perro golfo por temperamento, prefiere á la vida tranquila y regalada, á una comida segura al calor del hogar, la nómada del arroyo, los desperdicios rebuscados en la basura de las calles, un hueso roído en u n rincón; condición h u m a n a también, que estima más la libertad que la esclavitud de u n amo, por bueno que sea. El tipo del perro calavera, que hace frecuentes escapatorias se está dos días sin parecer por la casa de sus dueños, que como le quieren anuncian su pérdida en los periódicos, y cuando vuelve entra medroso, incierto, escondiéndose de los amos y dando tiempo á que se les pase el primer pronto, también esto es humano. Pues bien, conforme en reconocer las cualidades, méritos y distinciones de los perros; pero de eso al extremo ridículo de vestirlos como si fueran perros de algún clown, va mucha diferencia. No hace muchos días he visto en una Revista de Modas francesas ñguiitres de toilettes caprichosos, m a n t a s con iniciales entrelazadas, capotas, abrigos con esclavina, toda clase de formas y modelos, porque así como antes los perros ya tenían para su abrigo la, peUe: ja natural que por clasificación los correspondió, ahora, por lo visto, aunque tarde, hemos caído en la cuenta de que tienen frío. Bien es verdad que no hace muchos años los perros se llamaban Tigre, Leal, Sultán, León, y ahora los llamamos Coco, Lili, Fanny, Lulú y otras decadencias por el estilo. í. Los modistos encargados de la confección de lopa para perros no dan paz á la tijera, y hasta se ven obligadas á velar las operarlas de estos obradores para poder cumplir con los numerosos encargos que diariamente reciben d e las señoras elegantes al par que caprichosas. No h a b r á seguramente día más emocionante p a r a estas señoras que el de la prueba del traje para su perrito. Me lo figuro delante del espejo de cuerpo entero, en el probador del sastre, ladrando de contento al verse t a n elegante y peripuesto. L a moda exige que cada perro tenga por lo menos tres vestidos: uno p a r a casa, otro para paseo y otro de mañana, debiendo ser los trajes que vista del mismo color que loa de su dueña para q u e haga juego, y así parecen esos perrillos que van detrás de las faldas de las mujeres u n retal de su mismo vestido que corre automáticamente. E l proletariado de la clase canina mira con desprecio á los que llevan manta. ¡Quién sabe si dentro de poco tiempo h a b r á un Carnaval p a r a los perros, y se concederán premios á los que se presenten mejor disfrazados. E n no sé dónde, se crían unos perritos, ó los fabrican, t a n pequeños, que caben dentro de u n manguito, y esto es el colmo de lo chic, llevarles dentro de u n manguito como si fueran u n tarjetero. Una señora pensionista conocí yo t a n exagerada, que u n día que nos invitó á comer en su casa, figuraba como delicado postre una fuente de natillas con el nombre de Lala, compuesto con canela. Como le preguntáramos quién era Lala, nos contestó que su perrita, que aquel día celebraba sus cumpleaños. Calculen ustedes, en señora tan enamorada, qué disgusto tan grande no recibiría al ver entrar una noche á la pobre Lala con la m a n t a de medio lado, el collar sin u n cascabel y con el hocico lleno de arañazos. Y lo sucedido fué que u n a perra del pueblo bajo, por cuestión de unos amores mal reprimidos, la había dado una paliza regular. L m s GABALDON