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EN V Í S P E R A S D E ELECCIONES OY no tengo más remedio que imi- l B tar á aquel inglés que fué á SalaÍ- M manca, y como la casualidad hiciera que desde la estación á la fonda viese cuatro señoritas y las cuatro cojas, sacó el libro de impresiones de viaje y escribió en él tranquilamente: Todas las señoritas de Salamanca cojean. Afortunadamente, no determinó si del pie derecho ó del izquierdo; de modo que por las notas del inglés no puede saber nadie de qué pie cojean las hermosas salmantinas, lo cual siempre es una ventaja. Pues bien; hoy me han detenido cuatro amigos, y por casualidad me han hablado los cuatro de cuestiones electorales; así es que, parodiando al inglés, cojo las cuartillas y escribo: En España no se habla más que de elecciones. Por lo menos los candidatos. Los primerizos de esta clase, apenas llegan al distrito, hacen lo mismo que los novilleros en los albores de su carrera taurómaca: dirigen infinidad de telegramas á los periódicos, concebidos en términos muy semejantes á los de aquéllos; URGEXTE. -Peres cuenta con generales simpatías; rodo el censo es suyo. Seguro triunfará. -INOCENTE. Para que el telegrama sea completamente igual al de los novilleros incipientes, no les falta más que añadir: De tres carreteras, tres ayuntamientos; al último le descabelló al primer intento; electores arrastrados, 70; el gobernador, acertado. En cambio, los candidatos ya viejos en estas lides, ni siquiera van al distrito: les traen el acta á casa. Sin embargo, aunque la mayoría de los ciudadanos procuran sustraerse de la lucha no concurriendo á las urnas y dejando que en su lugar voten quienes puedan y á quienes quieran, lo cierto es que unas elecciones generales perturban la vida nacional en todas sus manifestaciones, desde el Gobierno, que está con el alma pendiente de un hilo telegráfico ó telefónico por el cual le comuniquen la derrota de un adicto, hasta el honrado indastrial que se encuentra tranquilo en su almacén y vienen á pedirle los dependientes para un rato con una tarjeta del cacique, ni más ni menos que se pide una bicicleta. -Pero hombre, ¿para qué necesita D. Fulano t o d o s m i s dependientes? -pregunta asombrado el comerciante. -Para reventar al candidato de oposición. ¿Para reventarle? En ese caso, dígale usted que le mando al que sube los bultos de la estación, y tiene bastante. -Si es para reventarle á votos. -Pues también t i e n e bastante porque se pasa todo el día echándolos por la boca T el comerciante defiende SU dependencia, hasta que no le queda más recurso que e n t r e g a r l a ó exponerse á sufrir luego las iras del cacique, que se traducen en todo género de atropellos. Los muñidores electorales tienen la gran habilidad para contar los votos. -Mire usted- -le dicen al candidato, -en la cabeza nos pegan. ¿Cómo que nos pegan en la cabeza? -exclama é s t e echándose instintivamente las manos al sitio indicado. -Sí, señor; nos pegan en la cabeza del distrito, porque nos faltan tres interventores; pero en la circunscripción vamos, que en la circunscripción les pegamos nosotros! Villanecia de Arriba nos vuelca el censo: 423 voios. Villanecia de Enmedio nos entrega el acta en blanco: 61o votos y medio- ¿Cómo y medio? -Claro, hombre, porque también vota el boticario, que le fallan las dos piernas, Y asi van sumando á la memoria los votos probables de todo el distrito, y acaban por decir: Total, que tenemos mayoría, sin contar los 900 electores imprevistos. ¿Y quiénes son esos? Sofi los mu. crtos. Mafa -e. s. -e. xolama instintivamente ei candidato recordando el Tenoiin. Luego se verifica la elección y resulla derrotado precisamente por esos 900 votos. -Pero hombre- -le dice al muñidor, ¿cómo ha sido eso? -i Calle usted, por Dios! Es que los muertos nos han faltado. ¿Sí? Como triunfe en las próximas, suprimo los cementerios. Antes se conquistaba á los pueblos con halagadoras promesas de darles cuanto necesitaban; pero ahora hay que dárselo por adelantado. ¿Qué desean ustedes? -Un ramal á la carretera, -contesta el alcalde, -Bueno, pues se les dará. -Cá, no señor; ó entrega usted las dos mil pesetas que cuesta el trazado, ó no hay acta. Y el candidato tiene que aflojar la mosca y comprar aquel municipio como las caballerías: á tira ramal. El vino corre á cántaros entre los electores de baja estofa, y á las puertas de los colegios surgen colisiones, algunas de las cuales concluye porque paga el pato la urna, que no se metía con nadie, i Al contrario! que todo el mundo se metía en ella A veces, tras de tantos afanes, viene el candidato triunfante, pero con el acta sucia. -Pero hombre, ¿cómo te has dejado poner asi el acta? -le pregunta la familia. ¡Y qué queréis! ¡Todos mis interventores eran carboneros! EL, SASTRE DEL CAMPILLO DIBUJO BE CILLA