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L señor empresario de la Plaza de Toros de Madrid. -Muy señor mío; Yo, R a m ó n Pardo, natural de Baza, á usted acudo y en usted confío. Recordando los éxitos crecientes de aquel incomparable don Tancredo, flor y n a t a de bípedos valientes, que allá en mitad del arenoso ruedo, luciendo camiseta y calzoncillos y sobre u n artesón puesto al contrario, sin moverse aguardaba á los novillos con valor e s t u p e n d o y temerario, me atrevo á proponer á usté una cosa que de fijo h a de sernos provechosa. No se t r a t a de mí, que de una rata me asusto si en mi cámara se hospeda; de mi m a d r e política se trata, que si h a sido hasta aquí doña Torcuata m a ñ a n a puede ser doña Tancreda. Yo le suplico á u s t e d que la contrate para que u n toro salga y me la mate, por m á s que t a n extraña es su figura que ningún toro h a b r á probablemente que al verla por detrás, ó frente a f r e n t e no se vea atacado de locura y salga, sin tocarla, de estampía bufando á la- que juzga estatua fría. Ella hubiera querido ¡es el demonio! hacer con don Tancredo matrimonio, pues u n m u n d o de dichas vislumbraba t r a s las mil pesetejas que él ganaba cada vez que á la muerte se exponía; pero e n t e r a d a de que no tenía A derecho á viudedad si u n cuerno aleve daba al traste con él en plazo breve, renunció á revelar su plan risible al gran comendador inamovible. Y de seguro me dirá usté ahora: ¿Cómo se h a de prestar esa señora á hacer lo que el valiente don Tancredo? Pues yo á usted le aseguro, porque puedo, que la he de convencer de fácil modo. ¡Si ella suele prestarse á casi todo! Hágamela usté u n traje de capricho; pero, por Dios, n o m e la ponga blanca como al buen don Tancredo, por si el bicho creyéndola de piedra no se arranca; yo prefiero que usted la ponga verde, á ver si un toro sin piedad la m u e r d e creyendo que no es madre de mi esposa, sino m o n t e de alfalfa misteriosa. Respecto al positivo resultado del negocio que dejo presentado, mi suegra, usted y yo lo partiremos, y le voy á decir cómo lo haremos: p a r a ella los aplausos y la gloria y el pase de sus actos á la historia, mientras logra usté e n t r a d a s muy completas; y yo, que humilde soy, conforme quedo con cobrar cada vez las mil pesetas que solía usted dar á don Tancredo. lío molesto á usted m á s Su carta aguardo y á sus órdenes quedo. -Ramón Fardo. Por la copia, JuAK P É R E Z ZÚÑIGA