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Büy D w r. í, viejo bosque de arrayán y rosa, á la luz del crepúsculo muriente, en la s e n d a florida y anchurosa Cristo y Baco se hallaron frente á frente. ¡Sublime azar! El sol agonizante como una inmensa forja centellaba, y eia el Ocaso abismo deslumbrante, ingente cumbre de sangrienta lava. Dionysos, joven de cabellos de oro y faz resplandeciente de alegría, dando á los vientos su reir sonoro, del llameante Ocaso descendía, Kra un hermoso y túrgido mancebo curtido sólo en amorosas lides, con la loca embriaguez del vino nuevo que el sol fermenta en las chiprenses vides. E n la diestra la férula de flores y en la cornuda sien hojas de higuera, entonaba con bélicos clamores el ¡Evohé! de la triunfal carrera, cuando, al ganar la curva del camino, á un hombre vio que, con incierto paso, sobre el hombro la cruz del asesino, subía hacia las cumbres del Ocaso. Era un hebreo de semblante augusto, envuelto en amplia tiínica de lirio, al peso de la cruz rendido el busto y en la frente la aurora del martirio. ¡Con qué intensa emoción el dios heleno detuvo su cantar alborozado al ver al caminante Na 2 areno de espinas y de lumbres coronado! ¡Sublime azar! E n la campestre vía, en medio de las rosas y las palmas, se halló la inmensidad de la alegría con el dolor eterno de las almas! Miráronse con ojos anhelantes y siguieron sus varias direcciones: Dionysos, sin su coro de bacantes, y Cristo, sin su escolta de sayones. ¡Cuántas veces del alma en el camino cruzáronse las risas y las penas: Baco manchado de purpúreo vino, V Cristo con la sangre de sus venas! S. ÜOiS ALEZ ANAYA OÍA S. VAff