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riño, que nunca flaqueó, alivio á las mayores penas. Aquell res que j a m á s quisieron separarse, parecían quererse m á s c Enfermó la madre, sin que al principio se diese importai pero al cabo de algunos meses, y después de muchos rodeo médico juntó al padre y al hijo p a r a decirles que lo que ten ma era u n t u m o r maligno y que hacía falta operarla cuanto antes; sólo así se conseguiría que no muriese pronto y sufriendo mucho. Se consultó á otros doctores y dijeron lo mismo. Entonces pensaron en quién había de hacer la operación, porque el de cabecera, por su edad avanzada, estaba incapacitado para ello. Los cirujanos verdaderamente notables, es decir, Jos que ofrecían garantías de acierto, pedían cantidades exageradas. En trance tan duro, el padre escribió á Manuel contándole lo que pasaba y rogándole que, si podía, enviase algún dinero. La respuesta fué u n a carta donde, sin asomo de maldad voluntaria, se reflejaba la influencia de costumbres extrañas y contrarias á las nuestras; decía que la noticia le impresionaba dolorosamente, pero que no podía m a n d a r nada. Y, como la cosa m á s natural del mundo, añadía que, pues carecían de recursos para que la madre fuese operada en casa, prescindieran de toda vanidad y la llevaran á una clínica pública, pues seguramente, por lo prácticos, serían allí los profesores m á s hábiles que aquéllos á quienes se había consultado. Juan, cuando aún no se podía sospechar que vinieran días tan amargos, había escrito un libro, no con esperanza de lucrO; sino por deseo de gloria y dejándose llevar de sus aficiones. E r a la obra u n estudio sobre la Historia de la tributación en España, y precisamente la estaba terminando cuando surgió la agravación del estado de su madre. Había en el ministerio donde trabajaba, u n jefe, hombre de muy poco entendimiento y m u c h a vanidad, muy rico, pero á quien el dinero n o servía m á s que p a r a vestir bien, tener coche, hacer dimisión oportunamente, dando prueba de fácil lealtad á su partido y justiücar la renta necesaria á la senaduría. E s t e señor sorprendió una t a r d e á J u a n corrigiendo en la mesa de la oficina unas cuantas cuartillas; le preguntó qué clase de trabajo era aquél; el muchacho se lo dijo, y no hablaron más. A los pocos días le llamó á su casa, y sin andarse con rodeos, le propuso la compra del manuscrito para publicarlo con su nombre, pagándoselo muy bien, mediante la promesa formal de que n a d i e h a b í a de saberlo. J u a n pensando en la sitaaeión de su c sa, aceptó en el acto; la proposición de aquel hombre le pareció socorro providencial. No sostuvieron lucha en su ánimo el amor al trabajo realizado y el deber filial; n o vaciló entre el cariño á su m a d r e y la esperanza de gloria; su resolución fué inmediata. Exigióle el jefe que corrigiese las pruebas del libro, porque él n o sabía hacerlo, y á las veinticuatro horas de cerrado el trato le entregó la cantidad e s t i p u l a d a J u a n fué á su p a d r e y le dijo: Aquí está esto; mfe lo presta un compañero de la oficina; está conforme en que se lo paguemos cuando y c; omo podamos, y ahora, á buscar el mejor cirujano de Madrid. Hiciéronlo así; fué operada la madre, y por fortuna quedó bien. Pasados dos ó tres meses, el jefe de J u a n puso á la venta el libro; los periódicos lo elogiar ron muchísimo, y algunos pubUcaron largos fragmentos. Uno de estos diarios cayó en manos del padre, que conocía la obra de su hijo. Pero ¿qué es esto? le preguntó. Exj) icóselo el muchacho; mojáronsele al p a d r e los ojos con lágrimas de ternura, y entonces J u a n le dijo: Lo principal es que m a m á se h a puesto buena. El libro h a gustado mucho; ya sé que puedo hacer otros. ¿Te parece poco? Comentando después el hecho marido y mujer, decía ella: ¿Lo ves? El de allá mandaba dinero cuando podía; el que vive con nosotros ha sacrificado lo que los hombres m á s estimáis: la gloria y el aplauso. -Todo eso está m u y bien- -dije cuando Don J u a n terminó su relato; -y los padres saborearían con delicia el rasgo del muchacho; pero ese mismo sacrificio le demostrará á usted ciue el problema queda en pie; ¿debemos educar á los hijos para que nos hagan felices ó p a r a que lo sean ellcs? Entonces Don J u a n mirándome como quien no concibe que se ponga en tela de juicio lo que afirma, replicó: -Si la hora del sacrificio n o llega, mejor; pero si es necesario, créame usted, los capaces de é l serán siempre los crecidos en el hogar, y la misión de los padres no es hacer hijos dichosos, sino hombres buenos. J A C I N T O O C T A V I O PICÓN DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA