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LOS DOS SISTEMAS I ASEÁBAMOS Don J u a n y yo nna m a ñ a n a de Mayo por el Ketiro, que estaba delicioso. Brillaba el sol sin molestar con excesivo ardor; las ramas de los árboles, movidas por el aire y cuajadas de brotes tiernos y hojas nuevas de mil matices verdes, proyectaban en la arena de las alamedas grandes m a n c h a s de sombras que se movían sin cesar, y sobre las cuales, á trechos, venían á caer como mariposas blancas las florecillas desprendidas de los almendros: el rumor del agua de las fuentes próximas; el cantar y gritar de las bandadas de chiquillos; la algazara de u n grupo de muchachas y muchachos que, con menos inocencia y algunos años más, jugaban como ellos; el gorjear de los pájaros, y, sobre todo, el azul esplendoroso del cielo y la viveza del aire, causaban la impresión gratísima que tras las tristezas del invierno despierta en el alma la vuelta de la primavera. Instintivamente nos dirigimos hacia donde estaban los chicos, sentándonos en un banco á contemplarlos. ¡Felices eUos- -dijo Don Juan- -que aun n o saben lo que es la vidal ¡Buena les espera! Vaya usted á saber lo que será de cada uno de aquí á quince ó veinte años. Hablando de los niños, vino á recaer nuestra conversación sobre las ideas de cada cual en materia de edwcación. -Eso de educar- -añadió Don Juan- -es más difícil de lo que parece. -Y como era hombre aficionado á probar con ejemplos lo que afirmaba, siguió de este modo: -Escuche iisted lo que les sucedió á irnos amigos míos, y dígame si se pueden resolver fácilmente problemas de esta clase. Conocía yo un matrimonio joven, feliz y con fortuna bastante, si no para tirar de largo, para vivir con toda comodidad. Aún no tenían hijos, pero, como es natural, no pensaban más que en tenerlos. Hablaban mucho de lo que con tanto afán deseaban, y en todo estaban de acuerdo menos en una cosa: en el género de educación que convendría dar á lo que viniese. El marido era de opinión que á los hijos se les debe educar lejos de los padres para que conozcan el mundo, adquieran experiencia 3 puedan vivir por si solos, sin que las caricias, los mimos, la atmósfera del hogar y el arrimo á las faldas de la madre les quiten vigor, iniciativa y voluntad, estorbando que cada uno se desarrolle moral é intelectualmente con arreglo á sus facultades. La mujer, por el contrario, sostenía que los hijos en ninguna parte pueden estar mejor que junto á los que les dieron el ser, aprendiendo de ellos á ser decir, ante todo, hombres de bien, caballeros; y esto, decía la iHJlilílUlJS excelente señora, no se logra sino con el trato y el ejemplo; los hijos, agregaba, deben tratar á los padres continuamente; nada de largas separaciones, que sólo sirven para 1 ir los lazos creados por la Naturaleza, y por consiguiente, para dar al traste con la fami. lie no es una suma de individuos, sino una compenetración de afectos. Después de muchas, pero siempre pacíficas disputas en que cada cual sostuvo sn modo de pensar, convinieron marido y mujer en que el primer hijo que tuvieran se educaría en la casa, como la madre quería, y el segundo, si llegaban á tenerlo, donde dispusiera el padre. ííaciéronles dos varones, con diferencia de poco más de un año; J u a n el mayor, fué al colegio, pero nunca interno: siempre durmió en casa; al acabar ti bachillerato empezó la carrera de leyes, y terminada brillantemente, antes por afición á ella que por necesidad, hizo unas oposiciones, obteniendo plaza en un centro oficial. Acostumbrado á no separarse de sus padres, fué siempre cariñoso con ellos. A Manuel, el menor, al cumplir los catorce años le enviaron á Londres, donde luego de previos estudios comerciales entró en el escritorio de u n banquero. Venía á su casa una vez al año. Era también excelente muchacho; pero á pesar del poco tiempo que pasaba en Madrid, hacía vida enteramente distinta que los demás de su familia; era de poca 3 palabras, algo seco, y sólo hablaba con calor de intereses y negocios. Al principio de estar en. Inglaterra escribía tedas las semanas, luego cada quince días, por último u n a vez al mes. Sufrió el matrimonio reveses de fortuna, hubo que hacer economías, y entonces escribió diciendo: t Gracias á la educación que me han dado ustedes y á lo que yo h e trabajado, no necesito que m e m a n d e n nada: con lo que gano tengo para vivir. No se ocupen ustedes de mí. J u a n sólo podía contribuir á los gastos de la casa con su modesto sueldo; y, como arreciara la desgracia, buscó trabajos extraordinarios. A pesar de todo, él y sus padres vivían tranquilos y dichosos, siendo e! mutuo ca-