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toro, veces por derecho y otras á mano airada, recoge el matador los trastos, limpia el estoque en el paño rojo de la LAS UULILLAS muleta y se dirige á la Presidencia, á la que saluda muy satisfecho de haber cumplido con su misión en este mundo. Si et toro ha sido noble y en la hora de la muerte un horrego acudiendo al engaño, el diestro le mira cariñosamente por haberle proporcionado con su buena conducta una formidable ovación; pero si ha sido un perro que le ha hecho pasar las de Caín y las de Abel, ó las del Beri, hablando en pleno caló, entonces el animal que yace en el ruedo no podría, á estar vivo, soportar el peso de las maldiciones de su matador. Al compás de la música, y mientras los del tendido se ponen en pie para mirar deteniclamente el mujerío de los palcos y gradas, las mulillas comienzíin el arrastre, primero de los pencos di, funtos, y en último lu. ar por una especial cortesía, del toro, que si es de arrobas marca sobre la arena una ancha cinta, que los del servicio de Plaza borran con los rastrillos, sin duda para despistar al toro siguiente. Ya el toro en los corrales, los carniceros le desuellan, cespojándole de la piel; le quitan los cuernos cuando ya realmente no le sirven para nada, y la carne, dividida en secciones! como el género chico, se pone á la venta; y en tanto suena á lo lejos el griterío del público, el clarín pregonando un cambio de suerte, mientras un diestro está pasando apuros y fatigas por igualar el toro, hay quien está ya pidiendo en el despacho del matadíro de la Plaza un kilo de contratapa ó medio kilo de solomillo bajo. La carne sobiante se vende al día siguiente en algunos puestos del mercado de la Cebada, y f. hasta el gato disfruta de la fiesta nacional EN r- A OARNIOBRIA comiendo la parte de cordilla que le corresponde. ¡Y luego dicen los detractores del espectáculo que no aprovecha para nada! Los cuernos también tienen, aunque parezca mentira, compradores, y en esto los mejores parroquianos son los chicos, que los utilizan para hacerse cabezas y jugar al toro con la mayor propiedad posible. Cuando algún cornúpeto se distingue en la lidia por algo sobresaliente, bien matando muchos caballos ó matando algún diestro, los aficionados de pura sangre compran la cabeza, la mandan disecar, y en sitio preferente la colocan luego en su despacho para asombro de las visitas y recreación de los inteligentes. Estos animales pasan á la historia más fácilmente que muchos artistas á quienes cortan la cabeza en vida sus enemigos. Y es tan viva la afición, tan tenaz, que yo conozco una familia que sostuvo un pleito largo sobre quién tenía derecho á conservar la cabeza de un toro, por haber muerto su propietario. Por cierto que hoy esta taurómaca familia anda de cabeza de resultas del pleito. LUIS G A B A L D Ó N FOTOGRAFÍAS ASENJO