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romanos, muera de la manera más estética posible. Por eso las cogidas de muerte se suceden en las Plazas, si no con t a n t a frecuencia, con desgraciada repetición, y lo mismo que el agilísimo y pundonoroso José Delgado sucumbe en la Plaza de Madrid el 11 de Mayo de 1801 víctima de la recelosa cobardía d e Barbudo, el reposado Antonio Romero, otro de los nietos de Francisco, p e r e c e en é f Granada u n año después, el 6 de Mayo d e 1802, á impulsos de la bravura de u n toro del marqués de Tous. III No son estos trágicos accidentes los que marcan su período de decadencia á la fiesta. U n entredicho que puso Carlos IV á las corridas primero, los azares de la guerra de la Independencia después, y más que nada, la desaparición de los tres grandes maestros, dej a n la lidia casi exclusivaE N T R A N D O A MATAR mente en manos de medianías, tales como los Garcés, Sentimientos, Arocas, Antonio de los Santos y Tragabuches, de entre los cuales n a tardan en surgir figuras de muy otra magnitud, como las de Cándido y Curro Guillen. Pero el toro no se amilana ni cede. Cada día se i n v e n t a n nuevas suertes ó se perfeccionan las antiguas p a r a burlar más sobre seguro su fiereza, y no obstante, él toma el desquite siempre que p u e d e y como si u n razonado instinto le guiara, hace blanco de sus iras á los que más valen. El gallardo y airoso Curro Guillen, en una de las cogidas más imponentes que público alguno ha presenciado, expira en la plaza de Ronda el 20 de Mayo de 1820, entre las astas de u n toro de Barbero. Contra tales accidentes no basta nada. P r u e b a de ello es que cuando el arte llega, con la aparición de Montes, á un período de apogeo que ni podría haberse soñado, las cogidas no cejan, y el mismo Paquiro, el torero másgeneral que se h a conocido, el tratadista que para siempre dejó razonadas las suertes, es herido en diversas ocasiones, y por consecuencias de una cogida sufrida en Madrid, muere meses después en Chiclana, su patria. Y no es él solo. Un descuido de Domínguez le cuesta la pérdida de u n ojo en el Puerto de Santa María. Pepete perece fuera de suerte en Madrid; el Tato, ejecutando su modo de m a t a r favorito, se queda cojo p a r a siempre; y toros de la misma ganadería del que mató á José Rodríguez, infieren la muerte al Espartero en Madrid y á Domingiiín en Barcelona. ¡Pero qué mucho, si Frascuelo, Lagartijo y Gtierrita, en los que ha parecido llegar el arte al sumun de l a s elegancias y al límite de los grandes recursos, no se libraron tampoco de grandes cogidas de que sólo la casualidad les sacó con bien I IV Es decir, que de toda la historia del arte de matar reses bravas, sólo se deduce una cosa. Que por muchoque adelanten los lidiadores, el toro no p e r d e r á u n ápice del terreno en que desde el primer día se colocó. Dicen que Oiirro Cuchares lo atribuía á que mientras la edad va haciendo sus naturales estragos en los toreros, los toros siguen teniendo siempre los cinco años. Lagartijo, sin embargo, reducía todo el arte de torear á este principio: -Viene el toro, se quita osté, el toro es deosíé. No se quita, osté es del toro. ÁNGEL R CHAVES Í O T HAUSER y MENET Y SUCESOR D E LAÜRENT