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Entonces fué cuando se pensó en dar una organización á las cuadrillas, y lo mismo los picadores que los peones (chulos y harponeros que se decía entonces) debían tender al gradual castigo de. las reses, para relegarlas en las mejores condiciones posibles al brazo secular del matador, que ya era por fuero propio jefe y señor absoluto en el ruedo de todos los demás lidiadores. Aquel fué el período en que se hizo un detenido estudio de la preparación que cada toro requería, y de la clase de muerte que según sus condiciones necesitaba cada res. Para las boyantes y rápidas en el acometer, quedó circunscrita la suerte de recibir, ó sea la de esperarlas á pie firme, empleándose con las quedadas y enquerenciadas con los tableros el volapié, y no desdeñándose las estocadas de recurso para evitar el deslucido auxilio de la media luna y de los perros; hasta se inventaron los medios de matar que pudieran llamarse intermedios, apellidados más tarde á un tiempo arrancando y á toro corrido 5. Esto hizo que se marcaran entre los diestros ciertas preferencias p o r determinadas ganaderías, como lo prueba el que ya en una ocasión- -en las corridas reales de la jura de Carlos IV- -Costillares y Fepe- Illo pusieron por condición no estoquear toros castellanos, siendo sólo Bomero el q u e se c o m p r o m e t i ó á matar cualquier clase de ganado que se enchiquerara. De que tales prejuicios perduran, pueden dar todavía fe muchos diestros qué hoy, después de más de un siglo de aquel no poco comentado incidente, si tienen por letra pa- gadera á la vista entendérselas con la nobleza de un Veragua, ó con la franca bravura de Saltillos, Muruves y Cámaras, se recelan del sentido con que llegan al último tercio los Miuras, de las facultades q u e h a s t a los finales conservan los toros de D. Felipe de Pablo Eomero ó de Palha, por ejemplo, ó de la actitud defensiva que a d o p t a n por regla general los más de los astados brutos criados en Colmenar. Pero con ello y todo, la lucha entre el racional y el irracional e s t a b a ya deslindada. El toro parecía no tener ya defensa posible. La astucia del hombre hacía completamente inútil su fuerza. Todo, desde que salía del chiquero, concurría á su daño; y así como el volapié inventado por Costillares le quitaba hasta el recurso de encastillarse en una prudente actitud defensiva, la mayor suma de recursos con que contaba el matador hacían que su fiera pujanza se viera burlada por la ligereza y el sereno cálculo que informaba todas las suertes. Las catástrofes t a l e s como la que presenció la plaza del Puerto de Santa María la tarde del 23 de Junio de 1771, en que murió el desventurado padre de Jerónimo José Cándido, se tenían ya por imposibles, y sin embargo el toro, el único y principalísimo protagonista de las corridas, siguió, sigue y seguirá teniendo un elemento de defensa, q u e hará que subsista siempre el peligro para el lidiador. Aprovecharse de los descuidos, de la temeridad ó del errado cálculo de éste, es la misión que parece traer al coso cerrado el animal que desde que nace se educa para que, como los gladiadores