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ESCULTURA DE M. EENLUUKE EL ÚLTIMO TERCIO toro, según indiscutible principio de todo buen aficionado, nace, crece, se tienta y se lidia linica y exclusivamente como preparación para el momento snpremo de su vida, que es, por extraña contradicción, aquél en que le toca lanzar el postrer mugido. En lo antiguo no era del todo así. Las suertes á que se concedía toda la importancia eran las de á caballo. Al rejoncillo, abandonado por los caballeros que le manejaban sólo por gentileza y gallardía, sucedió el garrochón de detener embrazado por el robusto brazo de los varilargueros, que fueron, de los lidiadores ya retribuídos, los que antes se buscaron y mejor se pagaron durante mucho tiempo. Francisco Homero, de Ronda, introdujo sin embargo en el segundo tercio del siglo x v i i i una reforma que había de tener vitalísima trascendencia en la fiesta por que cada día manifestaban mayor aíición los españoles. Dotado del bastante arrojo p a r a esperar á pie firme la acometida de las m á s potentes reses, sin otra defensa que el castoreño unas veces y el capotillo liado al izquierdo brazo otras, dejaba que el toro, al engendrar la cabezada, descubriera la alta cerviz, y con una serenidad que entonces parecía inconcebible, hundía en ella con tal acierto el puñal de que llevaba armada la diestra, que las más de las veces su astado adversario caía, para no volverse á alzar, á las plantas del osado rondefio. Como con ello lo que antes era repugnante desjarretamiento de los toros, relegado á lo más vil de la chusma, se trocaba en lucidísima y arriesgada suerte de que no podía hacerse cargo sino u n lidiador que juntara al valor el conocimiento de las cualidades de las reses bravas, lo que hasta allí había sido accesorio pasó á convertirse en principal, y como es consiguiente, el éxito hizo que Francisco Romero tuviera imitadores, que por algrín tiempo, si en arrojo le igualaron unos y hasta le superaron otros, en destreza ninguno alcanzó á aventajarle. Aquel fné el período en que sobresalieron Martincho, el Pamplonés, Bellón el Africano, los Palomos y otros toreros, que pusieron todo su conato en hacer ver á qué límites llevaban su temeridad, dando muerte á los toros cara á cara, los unos con los pies sujetos por grillos, sentados en una silla otros, y dejan lo ver todos, más que nn arte fundado en principios, un desprecio á la vida que rayaba con la barbarie. II Para que el oficio de matar toros se elevara á la verdadera categoría de arte, fué necesaria la aparición de los tres colosos de que en realidad arranca la historia ya formal y razonada de la lidia. Pedro Romero, el nieto de Francisco, Costillares y Pepe Illo, forman la trinidad que redujo á reglas fijas las suertes todas, é hizo de la muleta, no ya una defensa limitada al momento de herir, sino un engaño ciiyo manejo modificaba las cualidades de las reses y las ponía en condiciones de herirlas, ya que no sin riesgo, con seguridad y certeza. Con ello ya no eran las estocadas el resultado de la casualidad, ni una ventaja debida sólo á la suerte el sacar el cuerpo ileso. La prueba de ello es qne, comenzando por dejar el ancho correón de cuero, el coleto de ante y las mangas acolchadas, para sustituirlos por los ligeros trajes de seda vistosamente adornados de caireles de oro y plata, pregonaban los toreros que ya más necesitaban de la ligereza y armonía de los movimientos que no de la resistencia á las acometidas de los astados brutos.