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BANDERILLAS AL SESGO UN PAK DE CASTIGO El señor iracundo con quien vengo sosteniendo todas las tardes. de abono extraordinarias adyacentes discusiones por el estilo, ya al tratarse de la suerte de varas, ya de la de banderizas! ya de la suprema, como también decimos en técnico, acaba por lanzarme una mirada berrenda en desprejciativa y corta bruscamente el hilo. de la disputa; pero no calla. El diálogo se transforma en monólogo: -Así anda ésto- -sigue el hombre con rabia reconcentrada, y eso que está divirtiéndose I- -Este crítico de gran circulación no se fija en el toro ni quiere aprender lo que el toro pide! bien á las claras ¡Siempre los toreros con las martingalas de ahora, fuera de cacho, sin hipotecar la piell Y cuando ya no puede contener la indignación que le sube del pecho á la s; sjganta con oleadas de rabia, me lanza al rostro este apostrofe: ¡Pero criatura, si usted ha venido al mundo á las trece y quince del horar o de Dato! ¿Usted ha conocido al Regatero fuera de la Cervecería inglesa? ¿Usted ha tenido noticia de que vez, cara á cara, banderilleó á un tigre ó á un león, que para el caso es lo mispo, dejándole llegar y cuadrando en la cabeza? jAhl como esta tarde al reanudar yo mis tareas de sacerdote de la critica me salga el hombre por ese registro, ya le tengo la respuesta preparada: -So, padre- -le diré; -no fué á un tigre ni á un león al animal al que el g Begaiero obsequiara con un par de las cortas: fué al propio monstruoso Fafner, al dragón espantable del Siegfried; y antes le había toréado por verónicas, faroles y navarras dentro de la negra caverna que le servía le guarida; y por último, ayudó con celo é inteligencia al héroe de Wagner en el último tercio, dando dos opon unas vueltas al bioharraco para que aquél pudiese arrancar confiado y á gusto á herirle y le metiera una alta li asta los dedos en la propia matmera, que decía el Califa cordobés IY apuesto algo caro á que el tío lo cree á pies juntillasl FOT. HAÜBER Y MENET É IRIGOYEN EDUARDO MUÑOZ