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á usted todoa los lunes el anónimo en que le insulto por apasionado é ignorante? Ustedes, mucho hablar de los toreros, y nada del toro: y esa es la esencia, la llave de la fiesta Vamos á ver, criatura, ¿cómo ha ido ese bicho á banderillas? ¿Se ha fijado usted en los tres puyazos bajos que le atizó el tío aquél á quien antes festejaban esos aficionados de cartón, que debieron llegar anoche en el mixto de Cuenca? ¿No ve usted que el animal está quedado, humillado y tapado? ¿Quién se le acerca á la cara despacio y tranquilo y cuadra allí mismo, y alza los brazos y los mete, y prende los palitroques en la cruz y sale limpio y puro del embroque? ¿Quién se pone al hilo de las tablas, y cita y entra al sesgo con el terreno preciso? ¿No h a visto usted que ese toro está pidiendo las tablas á gritos? ¿No lo ha visto usted? ¡y escribe revistas! Pero señor, si vienen ustedes aquí equivocados! ¿Usted conoció al Cuco? ¿Y á Muñiz? ¿Usted vio cómo Armilla en cuanto un bicho pedía cuarteo lo cuarteaba, y en cuanto otro reclamaba el relance se lo daba, y en seguida que otro se le venía lo quebraba, y tan pronto como otro? -Sí, señor- -me lanzo yo al fin á contestar; -tan pronto como otro deseaba ríñones al Jerez, se lo servían los toreros de! antiguo régimen; aquéllos que se ataban con grillos las piernas y metían los pies en los sombreros de copa, y se amarraban á las sillas ó se sentaban sobre un compadre de hígados desarrollados y clavaban los rehiletes con los ojos vendados Todo eso lo he leído en las historias y m e lo h a n contado en los viajes para dormirme. Yo no he visto más que á aficionados de tres al cuarto: á un tal Gordito, que como í: VDN P A R AL C D A B T K O banderillero solía llevárselas á la fonda de recuerdo; á Lagartijo, que á fuerza de agarrar medios pares le hicieron cambiar de apodo los inteligentes como usted y le llamaron el Manqxdto; á Cara- ancha, el prototipo del valor y d e la elegancia; al aallito, que fundó escuela de finura y de gracia; á Guerrita, que encontraba toro en todas partes y en todos los terrenos, y que si estaba quedado lo avivaba, y si humillado lo levantaba, y si reservón lo convencía, y si ladrón y criminal lo trocaba en noblote y sencillo, y se pasaba veinte veces, y cambiaba los terrenos, y entraba y salía de entre los cuernos rozándole éstos los alamares. Yo no he visto nada, nada: ¡mojigangas, fullerías, ventajas... Los viejos como usted, los serios son los que entienden al toro, los que saben lo que reclama, lo que necesita, lo que le es apropiado y oportuno. ¿Qué pide ese infeliz que muge acobardado, receloso y huido, con las ancas pegadas á los tableros y adelantando la gaita por instinto cada vez que el rehiletero se le acerca para castigarlo? ¡El sesgo! ¡Hombre, déjeme usted de cuentos chinos! Si abrieran una puerta, vería usted al amigo salir como una bala hacia los prados donde anteayer pacía libre, feliz é independiente.