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s! a suerte suprema, aunque otra cosa digan los técnicos y el vulgo crea. El toro jdesde que nace hasta el raomento en que pisa el anillo, no ha hecho ó no han hecho con él nada más que prepararle para la suerte de varas. En este supremo instante es cuando la res brava enseña su cédula personal. Hasta entonces, ni el vaquero más experimentado ni el sabio más profundo pudo saber lo que el bicho se traía dentro. -Los toros que se duelen al castigo, no son de raza, -exclaman sentenciosamente los aficionados al toreo. La suerte de varas es la suerte suprema! Ese hermoso toro de pezuña pequeña, rabo fino, piel lustrosa, ancho de lomos, alto de cerviz y con pitones colocados maravillosamente, á demostrar va si los sacrificios que á su dueño costó son ó no recompensados. Es el estudiante- -y no se eche á mala parte la comparación- -que tras nueve meses de estudios incesantes y de penosas vigilias- -hablo del estudiante bueno- -prueba ante el severo catedrático, y en cinco minutos, si supo aprovechar bien el tiempo, si sabe ó no sabe la asignatura. iTl npii momento del examen! ladrarse ante el picador, es el alumno que se sienta ante la mesa del triI 1 (1 I I quero, arma el brazo, y el bicho parte hacia el bulto como una centella. ¿Siente el castigo y se escupe de la suerte? Mala nota. Es el pri mer tropezón. El ganadero, si presencia la corrida, sufre un desi vi engaño cruel, que á un tiempo le coge el amor propio y el bolsillo. ¿Y para esto te he criado yo, ladrón? -exclama sin poder reprimir su enojo. Pero supongamos que el cornüpeto al tomar la primera vara se crece, y entra á la segunda con mayor coraje, y con más fiereza á tercera, y siempre en crescendo su bravura, aguanta ocho, diez, doce picotazos, despanzurra cuatro ó cinco caballos y perniquiebra á uno ó dos picadores; pues entonces el dueño se entusiasma, la sangre se agolpa á su rostro, y sin poder contener el júbilo y la satisfacción manotea y grita: -Eso... eso lya lo sabía yo! ¡Bendita sea tu madre! ¿Que luego el toro por exceso de castigo se escama y busca la salida? Al ganadero apenas le importa. Su toro cumplió en la suerte de varas, en aquella suerte para la que fué criado. Ha sido un gran toro, digno rival de Caramelo, Barrabás, Jaquetón y Sereno. Si después se malea, culpa es de los lidiado res, que cargaron mucho sobre el palo ó abusaron escandalosamente de medias verónicas y recortes. Y tiene razón el ganadero. Lo suyo, lo que él cuidó desde su venida al mundo, ha cumplido LA PRIMERA YABA. E 300 LTÜEA DE M. BEKLLIOEE