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colócanse á ambos lados del caballista, y tras éstos marchan los demás mansos envolviendo á los toros, y rodeados y seguidos á su vez por otros garrochistas á caballo y vaqueros á pie, cuyas hondas se hacen precisas con frecuencia. De este modo se conduce la corrida al sitio en que deben ser encajonados loa toros si la conducción se hace en esta forma, ó á los corrales de la Plaza si se hace por jornadas, diferencia que depende de la distancia que sea preciso recorrer. El encajonamiento se efectúa en condiciones muy parecidas al enchiqueitado en los corrales, que descrito en las siguientes páginas nos ahorra el trabajo de hacerlo aquí. Así se les conduce por ferrocarril hasta el punto en que han de ser lidiados, y para reponerlos de las pérdidas que sufren, suéltaseles en un prado próximo á la Plaza en que debe darse la corrida, donde permanecen hasta el momento de condacirlos á los corrales. Esta conducción, que generalmente se llama encierro, suele hacerse de aoche. Reunidos los toros en el campo, se emprende la marcha en la m. isma forma descrita; pero las sombras de la noche hacen más fantástico el cuadro, y las nubes de polvo que envuelven á la comitiva apenas dejan adivinar las siluetas de los jinetes con su garrocha al hombro y compacta masa de toros y cabestros que van entre los garrochistas. En cvanto se escucha el cencerreo, que en el silencio de la noche se percibe á mucha distancia, colócase un farol rojo sobre la puerta de los corrales, que ha de servir de guía á los que conducen el encierro; asegúrase la manga, especie de barrera que desde los límites del camino encauza la entrada del corral, y ocupan sus puestos los dependientes de la Plaza, que han do estar lis tos en abrir puertas y echar cerrojos. Cerca de los corrales, el garrochista delantero apresura la marcha, y los otros, con los de á pie, se ponen en fila á los dos lados; restallan las hondas, enarbólanse los garrotes, acentúase el repiquetear de los cencerros, y á los gritos de ¡toro! ¡toro! qxie se mezclan al ruido indefinible que forma el extraño cortejo marchando aceleradamente, la tromba se precipita en los corrales, quedando fuera los vaqueros para cerrar en seguida las puertas. El garrochista delantero, que entró en el patio, pica espuelas y sale por otro portón que está enfrente, y cuya puerta se cierra tras él con igual premura. Y se restablece el silencio y la calma, sólo interrumpidos por el sonar de los cencerros, que ahora es desigual, sin ritmo, intermitente, como si los produjeran esos pausados movimientos de que parece imposible que puedan haber salido nunca sus portadores para cumplir la difícil y peligrosa misión que cerca de los toros sé les confía. E. Ou. NTEERAiá F O T O G BUO.