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4. i Z i- f. i 1 n- mmkn frr X l erasaldij! Ta Qü ib auta! Ho bay poblador? cr? el DJurjiio, por roücbas grarjóezas bistórícas que atesore, capaz áe pro ücir eo el ápímo ¿el cristiano la impre i S síói) boo a é ¡rjcfable que proóüce la vista óe Jcrusaléa CD estos ííias santos, to 5 a la cnstíaD aó vuelve los oj oS bacía la ntitiñua Siórj que riíiestro zñov escoció como teatro óc sus D artirios reóeptüres, y viérjñola, si no coi) los ojos corporales, coo los óel espíritu, eijtre aquellas moDÍañas yermas que la roóeaij, asentada sobre ÜI? suelo sin ctiltivo, sip árboles, sil) atutía; rom iÍeQño cor la líijea e sus OJuros almerjatíos, sus cúpíjlas y sus torpeóles, el fooóo s ris 6 e ÜQ cielo triste, vieoeo á Tos labios hs plañit eras frases c el profeta JereiPías. qae óesóí urja giruta próxima ú Jerüsalíi) bizo resonar SUS lameníaciorjes: ¿Cómo esta citJóüíb, en otro tiempo lai) Nena 5 e enle, está abora tan solitaria? La C üe era rarjüe entre las naciones, está boy como vitióa. Codas sus puertas estilo óesolaóaSv u belleza se ba óesvaneciOo. Poco qucCia ba la antig ua Jerusaléij. y sus ruinas no acusan testimonio óe la desaparecida granfieza; ¡pero qué importa que la reina b ya peróiíio su esplendor, mientras el crislíano pueóa segruir la Vía Dolorosa y arrodillarse ante el anto 5 pulcro Entremos en la iu 6 ad S nta después de baberla contemplado con e! árjímo lleno de tristeza desde una coliria próxima, y recorramos sus moríumentos. ¡f e aquí la ciudad donde expiró el Rijo de Dios! iCada uija de sus piedras c aarda UQ sollozo de los bombres!