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bre y á todas ellas, el heroico soldado, que nunca había sabido antes, ni entonces, ni después, lo que era España, ni por qué España le había enviado á él allí, ni qué importantes y urgentísimas razones aconsejaban el derramamiento de tanta sangre, contestaba siempre lo mismo: ¡Tiva España! y ¡El hijo del tío Ferino tampoco se, rinde! Y tampoco se rindió. A los diez. días llegaron dos columnas á salvar el fuerte, huyó el enemigo, y en medio de la plaza del arrasado pueblo, á la izquierda un grupo de negros y negras macilentos y escuálidos que miraban enseñando los dientes enormes y amarillos, á la derecha el batallón presentando las armas, recibía Ferini 11o unos cuantos abrazos y estrujones del general de brigada, jefe de la columna, quien aprovechó la ocasión para pronunciar una sentida y elocuente arenga, que después reprodujeron los periódicos de la Península, ensalzando las virtudes y méritos heroicos de aquel joven soldado, en cuyo pecho colocó él mismo una cruz, y anunciando que indicaría al capitán general la conveniencia de incoar el juicio contradictorio para conceder á Ferinillo la más alta y preciosa distinción del ejército: la laureada de San Fernando. Aquello sí que no lo pudo resistir Ferinillo, cuando el capitán de su compañía se lo explicó con toda claridad: fuera por la emoción ó por debilidad, ó por lo que fuese, al pobre mozo le pareció que todos los apositos i- ecién puestos se le caían y todas las heridas le volvían á manar sangre, y medio muerto de fiebre fué menester enviarle cuanto antes á la Habana, y desde allí á la Península en el primer vapor. Llegado á Madrid, tuvo la dicha inefable de saborear a! mismo tiempo la propia gloria y la de su padre, cuyas olvidadas hazañas reverdecían con las del hijo, como un tronco viejo se enlozanece y cobra aspecto de vigorosa juventud sólo con la frondosidad del inesperado renuevo que de él brota. Ko obstante, escarmentado por, el ejemplo de su padre, no se entregó Ferinillo á la fácil adulación de los desocupados, ni fué por esos sitios públicos anunciándose á voz en cuello como el héroe de Cumanayagua, cuyo retrato, pegado con obleas óclavado con tachuelas, adornaba no pocas tabernas y zapaterías de viejo, daba nombre á las etiquetas de un licor espirituoso, y estaba ya imprimiéndose en tela para pañuelos de bolsillo fabricada en Barcelona. Más práctico Ferinillo (hemos convenido en que esta generación es más prádica que la anterior) se dirigió á un lejano pariente suyo que tenía taberna y practicaba con éxito feliz el matute, y aprovechando las buenas relaciones de tan digno sujeto, logró una colocación que le venía de perillas: ordenanza, mozo de aseo ó cosa por el orden, en un acreditadísimo círculo de recreo, cuyos socios se enorgullecían no poco cuando les ayudaban á ponerse el. gabán aquellas manos heroicas, y. aun hablaron de celebrar una sesión en honor de FérÍDÍllo cuando á éste lefué otorgada la cruz de San Fernando; pero no se llegó á realizar tal proyecto por absoluta y terquísima oposición del propio interesado, el cual, dicho sea sin ofenderle, no servía para maldita de Dios la cosa. Era torpísimo, desmañadote como, él sólo, y se descuidaba de la manera más lamentable en el cumplimiento de sus. sencillos deberes. Aquellos puños, habituados primero al azadón, después al Maüser, no había plato ó vaso que no rompiesen, gabán que rio desgarra. sen, sombrero que no chafasen. Su torpeza comenzó por. hacer reir á los demás mozos compañeros suyos, quienes en son de chunga le llamaban el héroe; siguió, mo- ¡estando á varios socios que habían sido víctimas de, ella en. sus personas ó en sus prendas de vestir, y acabó por obligar á los señores de la Junta directiva á plantar en la calle á Ferinillo, con todo su heroísmo y toda su gloria, que para nada útirle servían. Mejor dicho, sí; le habían servido para sacar de la cárcel á su padre, que am. ojamado y harto de amarguras y decepciones volvió á su pueblo á trajinar, con el único burro que le habia dejado la curia. El malaventurado viejo, cuando supo que su hijo estaba colocado en Madrid, entristecióse más y más, y no hubo quien le hiciera ir á la Corte, siquiera, á dar un abrazo al único heredero de su álina heroica, de su casa medio ruinosa y de su burro Heno de esparavanes. -El parecerá, tarde ó temprano- -decía el tío Ferino! -Y no se equivocó. Un día le vio aparecer, pobre y mal trajeado, con su gloriosa cinta en la desgarrada Chaqueta. Dinero no traía, esperanzas tampoco. Púsose á trabajar, pues por fortuna conservaba robustez enlos brazos. Pero aquella vida era una miseria inacabable. Era menester: salir dé ella. Con los desastres de España, cayó un partido y subió otro. El diputado empresario, volvió á estaren candelero; mas ya no era tan fácil llevarse de calle los votos en aquel lugar. El partido contrarió había dejado caer algunas próvidas gangas sobre diferentes vecinos, había prometido una carretera, había hecho entrever no sé qué vislumbres fantásticos de un canal Nunca se vieron elecciones tan reñidas. El tío Ferino y su hijo lucharon contra todo el lugar: escopeta en. mano, se apoderaron de la mesa, rompieron una uriía, hicieron frente al vepindario en masa. Alguien había lia- mado á la Guardia civil. Acudieron cuatro ó seis parejas, y al ver á los dos héroes dueños del campo, en el cual se retorcían algunos heridos, los de la benemérita intentaron desarmar á aquellas dos. furias. No pudieron; ¿cómo habían de poder? Los Ferinos no se rinden... y cayeron padre é hijo acribillados á balazos. I. N i 1 II i I l L- M -v ií