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para siempre; á la derecha, el grupo artiistiuo de los médicos, practicantes, camilleros, hermanas de la Caridad, desembalando á toda prisa fardos de mantas, botiquines, botellas de ácido fénico y todo cuanto Dios y los hombres criaron para extei minio de microbios; y en medio, haciendo cuadro, el señor diputado, arrogante, erguido, rebosando filantropía por todos los poros de su cuerpo y estrujando nerviosamente al pobre tío Ferino, que parecía un muñeco de palo, chiquito ó achicado, verduzco, sucio, misérrimo, sin el más leve rasgo de los que suelen caracterizar al héroe en la pintura ó en el teatro. En aquel solemne momento, una concepción atrevidísima, genial, cruzó por la mente del empresario padre de la patria; y con la misma audacia con que años atrás propuso á un aeronauta subir con él en el globo y á un domador dé fieras entrar con él en la jaula, y realizó ambas cosas muy á satisfacción del público madrileño, hizo redondamente al alcalde la siguiente proposición en tono de mandato imperativo: -Nada, nada, Sr. D. Ceferino García; es necesario que le presentemos á usted al señor ministro de la Gobernación, que incoemos el expediente para la cruz de Beneficencia; en suma: que venga usted con nosotros á la corte; España entera admira á usted, y Madrid, su capital, desea conocerle Y como lo dijo lo hizo. El tío Ferino, que seguía atontizado, sin saber lo que le pasaba, sin comprender qué poderosas razones tendrían los madrileños para desear conocerle, fué traído á Madrid por el triunfante diputado, y poco faltó para que éste anunciase su llegada con carteles en cromolitografía; verdad que, si no en carteles, lo que es en periódicos vaya si lo anunció. Columnas enteras de la prensa diaria ocupaba el i- elato, ya fantástico y legendario al pasar de unos periódicos á otros, de las hazañas heroicas del tío Ferino, proclamado héroe incomparable de la Caridad y exornado con todas las palabras y frases laudatorias de nuestro diccionario y del francés mal traducido; y bueno será consignar que en el reparto de adjetivos siempre correspondían los más lustrosos y regalados al insigne empresario. Sacó éste durante ocho días todo el jugo posible á la heroicidad del tío Ferino, y si dura aquello más, el pobre hombre no hubiera vuelto entero al lugar de sus cristianas empresas. En aquella semana le atracaron al tío Ferino de comistrajos que le daban náuseas, le hicieron catar vinos que se le subían á la cabeza, le visitaron diez ó doce reporters para preguntarle hasta los más ínfimos pormenores de su vida de una vida en que nada era digno de ser contado. Un fotógrafo se hizo rico retratándole de pie, con el brazo izquierdo apoyado en un jarrón inverosímil, un puro apagado en la mano siniestra, y en la otra una vara larga de alcalde de zarzuela en un acto. No hubo revista ilustrada que no publicara aquélla ú otras fotografías, ni dama linajuda que no se interesase por él y por su familia, ni comisión ó junta directiva de sociedad alguna que no acudiese á casa del diputado para estrechar la mano de aquel pobre grande hombre y largarle dos ó tres discursos, más bien más que menos. El entusiasmo popular, enfermedad aún más contagiosa en España que el cólera morbo asiático, estuvo á punto de acabar con el tío Ferino, á quien desconsiderada y brutalmente zarandeaban de un lado para otro individuos incapaces de comprender á un corazón sencillo ni de sospechar lo que para un hombre de la casta del tío Ferino significan el ruido y ostentosidad de las ciudades, en comparación con la sagrada mudez del camino solitario. Varias veces se dio el hombrea pensar si todos aquellos sujetos que le rodeaban se burlarían de él, y en su fuero interno renegaba ya de la cortedad de su genio, que le ataba la lengua cuando iba á soltarla para declararse asfixiado por tanto y tanto incienso. Para estallar necesitó recibir tres golpes brutales de la insensatez humana. Fué el primero el empeño que cierto Conocidísimo antropólogo tomó en medir el cráneo del héroe, quien á la segunda visita le despidió con cajas destempladas, en palabras no más dulces que las que solía dirigir al liviano, es decir, al primer burro de su recua. Aquel mismo día, una florista famosa le envió un hermosísimo ramo de orquídeas, que al tío Ferino le parecieron cabezuelas de cardos borriqueros, y tuyo buen cuidado de arrojarlas á la calle por una ventana, pensando que ya se habían mofado bastante de él los madrileños. Por fin, el padre de la patria, que tan á su disgusto le traía y llevaba, hizo que se celebrase en honor del tío Ferino una espléndida función en un teatrillo de madera donde juntaba para la temporada de verano los desperdicios de las corñpafiías de invierno. E) tío Ferino asistió, todo confuso y avergonzado, á aquel suplicio, en el cual hubo! de todo, banderas n: icionales, versos alusivos, qué figuraban en lujoso álbum con tapas de bronce, y una ovación perfectamente interpretada por la claque do todos los teatros del señor diputac o. Al oircómo le vitoreaban aquellos zánganos, y al ver claramcJite, con el ojo suspicaz y desconfiado del lugareño, cómo se reían muchos de los aclamantes, el tío Ferino acabó de caer en la cuenta, se dejó llevar en coche hasta la casa de su huésped, y despidiéndose de éste con las razones más urbanas, pero más secas que jamás le ocurrieron á hidalgo ó villano manchego, tomó el tren á la mañanita siguiente, con su álbum debajo del brazo y en la cartera tres mil pesetas que le había dudo el ministro de la Gobernación, del fondo de calamidades públicas. IV La verdadera calamidad, no pública sino privada, que cayó sobre, el poI bre tío Ferino, fueron las tres mil pesetas aquellas. Si desfigurados encontró el buen alcalde los rostros de sus administrá- I dos sobrevivientes á la catástrofe, aún más secas y amarillas debió de encontrar sus almas. El paquete enorme de periódicos con biografías y relatos espeluznantes de los altos hechos del héroe ó retratos del mismo, los carteles de la función celebrada en su honor, y el álbum donde los lugareños que sabían leer manuscrito pudieron extasiarse ante cien mil cosas incomprensibles firmadas por poetas y literatos de ocasión, circularon de mano en mano, gracias á la inocencia de Ferinillo, el hijo del alcalde, quien se regodeaba infinito leyendo aquelLns cosas á cuantos querían oírle. Y lo que le tomaban con esto al tío Ferino era una tirria espantosa, odiosidad terrible de todo un pueblo ingrato, diezmado y paupérrimo, que no consiente hombres célebres en su recinto angosto. El tío Ferino era, en opinión de sus paisanos, nada más que un papelero, adulador del diputado, quien por tal medio ya tenía cogido al pueblo para todas las elecciones venideras, y ya se vería lo que debiera verse más tarde ó más temprano. Por otra parte, un yerno del difunto secretario y heredero de sus malas mañas, supo industriárselas de modo que las tres mil pesetas de las calamidades fuesen á parar al fondo de pósitos, como quien dice, á la eternidad, y en seguida corrió por el pueblo la voz de que el alcalde trataba dé apañarlas. Abrióse en esto el juicio contradictorio para conceder la cruz de Beneficencia al tío Ferino, y no quedó apenas lugareño que no declarase contra el alcalde. Sostúvose éste, no obstante, los dos años sacramentales que duró aquel Gobierno, como todos los demás; pero al caer el diputado empresario con su partido, el yerno del secretario en habilidosa combinación con varios caciques del nuevo partido gobernante, señalaron á la experta nariz del señor gobernador civil de la provincia el olor á podrido que las tres mil pesetas desaparecidas exhalaban en el Ayuntamiento del malhadado lugar, y á los pocos meses, uno antes de las elecciones, el tío Ferino, procesado por malversación de fondos, entraba por las puertas de la cárcel de la cabeza de partido más próxima, con la misma tranquilidad con que había pasado otras puertas más altas y otras más bajas. Quince días antes había embarcado para la guerra de Cuba Ferinillo. V La leyenda de Ferinillo, menos heroica, pero más reciente que la de su padre, todo el mundo la recuerda, y no hay para qué narrarla muy al pormenor. Ceferino García y García, por otro nombre el héroe de Oumanayagua, fué aquel soldado que, desgarrándose de su compañía, derrotada y dispersa por las bandas del negro Quintín Banderas, él sólo, y herido de gravedad, supo rescatar y defender un fuerte con otros cuatro bravos que, sin saber por qué, le obedecieron ciegamente, acaso temblando al verle echar llamas por los ojos y juramentos horribles por la boca. Diez días se defendieron Ferinillo y sus hombres, sin comer, dormir ni beber, ni casi respirar, atacados constantemente por tropas numerosísimas. Cómo lo hicieron, sólo Dios, el Dios de los ejércitos y de las batallas, lo sabe. Cada veinticuatro horas recibía Ferinillo una intimación del cabecilla insurrecto: Ríndase, patón, que le dejaremos li- 1