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n j L Z TD HE: ROK 3 NOVELA DE D F R A N C I S C O N A V A R R O Y L E D E S M A ILUSTRACIONES DE R E G I D O R SEGUNDO PREMIO DEL CERTAMEN LITERARIO DE BLANCO Y NEGRO. L tío Ferino era uno de los tres ó cuatro millones de españoles que, según las galanas cuentas ofl ciales, saben leer y escribir, aun cuando en realidad ni escriban ni lean, ni para nádalo necesiten. La alcaldía del lugar, por otra parte, hubiera podido ser desempeñada, sin perjuicio de las institucioneii, por un sordomudo y ciego. Las cuentas eran pocas, pero enrevesadas é ininteligibles desde tiempo inmemorial, gracias á la maña del secretario, un Maquiavelo con capote, con muchísimo capote: hombre que vivía entre las marañas de sus cuentas tan ricamente como un arañón zanquilargo entre las revueltas telas fabricadas por él en el rincón de una bodega. Muerto el secretario en la epidemia, vino á descubrirse claramente que tan honrado patricio se había comido todos los bienes de propios, una carretada de inscripciones intransferibles, que es dificilísimo averiguar cómo no se le indigestaron, y los fondos del pósito correspondientes á medio siglo ó algo más, sin que el tío Ferino se hubiese pringado en un triste maravedí, porque es inconcuso que al heroico alcalde no le cabían cuatro duros en el bolsillo, ni tampoco en el cerebro. Refiérese todo esto para mostrar la incapacidad absoluta del tío Ferino en todo cuanto no fuera hacer milagros; caso frecuente, 3o rque es sabido que San Francisco de Asís no acertó en su vida á pasar del seis en la tabla de multiplicar, y el Paraíso está lleno de bienaventurados santos y santas, mártires y confesores, que no saben contar más que por los dedos. La única cuenta que el tío Ferino había de echar cada dos ó tres años era la de los votos, operación sencillísima en verdad, pues no consistía sino en apuntar el número íntegro de electores vivos ó muertos á favor del candidato oficial, sin más incumbencias de mesas ni urnas, como sucede en la mitad de los lugares de España, y sin que á nadie se le ocurriese la menor protesta, por hallarse los lugareños convencidos firmísimamente de que aun cuando bajasen del cielo San Gabriel, San Rafael, San Miguel, San Jorge, todos los arcángeles y querubines, con el exclusivo objeto de ser diputados á Cortes por aquel distrito, no se rebajarían en el canto de un duro la contribución de inmuebles, cultivo y ganadería, el impuesto de consumos ni ningún otro subsidio, gabela ni socaliña. Por el inocente y nada costoso procedimiento indicado, contribuyó el tío Ferino, dos años antes de la epidemia, á conceder la representación nacional al señor gordo que fumaba la pluma de alcanfor, y que resultó ser, según por su desdicha averiguaron los lugareños, nada menos que un exayuda de cámara del presidente del Consejo de Ministros, galleguito ó gallegazo de muy despabilado ingenio, y á la sazón empresario ó testaferro de los empresarios de diferentes teatros de Madrid. En la corte era hombre pOpularísimo, con la popularidad propia de una pastelería, y cuando él resolvió acudir, con su pluma de alcanfor entre los dientes, en socorro de sus desventurados electores, ya sabía que aquel rasgo de heroísmo, á más de eternizar su candidatura en el distrito, le valdría considerable aumento en las entradas de sus teatros, aquel verano asaz decaídos y tifoideos. Aún hay quien asegura, y la comprobación del dato queda para los historiadores del porvenir, que los sueltos en que la prensa anunció el humanitario proceder del ilustro personaje, llevaban sellos de las contadurías de varios teatros é iban acompañados de sendos billetes de favor. No es posible enarrar las ponderaciones y alabanzas en que el ilustre diputado se deshizo al verse frente á frente del héroe del distrito, como desde luego llamó al tío Ferino. Estrechóle entre sus brazos, imitando con mucha propiedad esos movimientos convulsivos de los cómicos en situaciones análogas; supo hacer que media docena de lágrimas de guardarropía acudiesen á sus ojos claruchos, ribeteados de rojo por la luz de gas, y espurreó al pobre hombre con una rociada de adjetivos retumbantes, inspirados en los prospectos de una compañía líricodramática portuguesa que aquel año hacía las delicias, del público veratiiego. Lástima- -pensaba para sus adentros el diputado, -lástima que falte público y que no haya ni tanto así de música Y tenía razón, porque la escena era conmovedora, si las hay. Al foro, el pueblo desolado, las casas abiertas, los animales vagabundos, ambiente de muerte y de tragedia; á la izquierda del espectador, unos pocos lugareños con las caras pajizas y ojerosas, los ojos llenos de espanto, que en ellos parecía haberse quedado