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dónde está ese genio divino, ese sacerdote de la gaya ciencia, ese apóstol de la fe de los pueblos? ¿Dónde? Ahí le tenéis en el rincón de s a hogar doméstico, pobre, modesto, humilde, abandonado; ahí le tenéis, sin fausto, sin tesoros, sin títulos en medio de su grandeza; ahí le tenéis, encanecido por la nieve de ochenta y dos años, postrado bajo el peso de la edad, pero con la frente altiva, con el corazón brioso, con la conciencia tranquila y serena. Venid, y le veréis, ciudadanos, digno en sus maneras, grave en sus palabras, noble y afectuoso en su, trato; escuchando á quien le habla, respondiendo á quien le pregunta, enseñando á la juventud que se le acerca el camino de la virtud y la sabiduría. ¿Y h a b r á de bajar al sepulcro ese majestuoso anciano sin recibir de la generación que le contempla atónita de admiración y de pasmo, el premio debido á sus grandes ser dcios? Estos párrafos corresponden á u n artículo de La Iberia, firmado por todos sus redactores y publicado en el número del l 4 de Septiembre de 1864, fecha en la cual se estaba representando con grandioso éxito en el teatro de Variedades de Madrid la magnífica tragedia de Quintana titulada Pelayo. Al día siguiente, en ocasión en que el inolvidable Calvo Asensio acudía á una reunión de periodistas que se celebraba en la redacción de Las Novedades para tratar de la cosa pública, llamó la atención hacia el proyecto de La Iberia, y fué acogido u n á n i m e m e n t e por todos sus compañeros. Kombróse una comisión compuesta de los directores de La Iberia, La Nación, El Tribuno, El Esparterista, El Miliciano, La Unión Liberal y Las Novedades; se abrió u n a suscripción nacional, que fué cubierta espléndidamente, con el fin de allegar recursos para construir una corona de oro que había de ceñir públicamente las sienes del egregio poeta. D. José Ramírez de Arellano, director de la platería de Martínez, tomó á su cargo la fabricación de aquella alhaja. Acercóse la comisión al invicto Duque de la Victoria para que autorizase tan solemne ceremonia, y contestó: Con mi linero y con mi persona puede contar la comisión para todo aquello que redunde en honra y gloria de nuestro insigne vate E n provincias fué recibido el pensamiento con verdadero amor, y el claustro de profesores de la Universidad de Salamanca envió en carta muy expresiva una gruesa s u m a p a r a que figurase en la suscripción. El general Espartero concibió la idea de que fuese Quintana coronado por Doña Isabel II; S. M. respondió en estos térmÍQOs á la comisión que, presidida por el ilustre Hartzenbusch, fué á exponer sus propósitos: Yo amo á Quintana, no sólo como á mi ayo y maestro, sino también como al ingenio más grande de mi reino; estoy, pues, p r o n t a á coronarle. Además dio orden á su intendente de que entregase á la comisión la cantidad de seis mil reales y de que pagara la bandeja de plata que había de contener la corona, y cuyo coste ascendió á mil quinientos duros. íiraves dificultades se ofrecieron al tratarse de la elección del local para el acto. Se pensó en el salón de grados de la Universidad, pero era reducido y carecía de tribunas. En el Salón del Prado. Pero ¿cómo leer discursos y declamar en campo abierto? E n el teatro de Oriente ó en la iglesia de Atocha. Imposible; esto era quitar solemnidad y carácter á tan simpática ceremonia. Al fin se decidieron á que fuera en el Senado, cuyo edificio cedió gustosamente el caballeroso é ilustre marqués de Viluma, presidente, á la sazón, de la comisión conservadora. Se acordó que la coronación se realizase el 19 de Marzo, día de San José; pero el fallecimiento en Trieste de D. Carlos de Borbón, que hizo vestir luto á nuestros reyes, obligó á suspenderla hasta el 25 de dicho mes á las dos de la tarde. Desapacible amaneció aquel día. Un viento huracanado y una lluvia fría y menuda mortificaban el cuerpo y entristecían el ánimo. Pero ya saben mis lectores lo que son las gentes de Madrid cuando se t r a t a de fiestas, y mucho más si son de las de esta índole. Las calles invadidas por todas las clases de aquella sociedad. Los balcones y ventanas luciendo lujosas colgaduras; la alegría y la curiosidad en todos los semblantes. A la una de la tarde ocuparon u n coche de S. M. Quintana, el presidente del Congreso, el alcalde constitucional de Madrid y el director de la Keal Academia Española, y se encaminaron desde la casa del vate al