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CQMCÍIE 503. F C éNlNO ¿f ¿wA j. tí w veí- w. í COSTUMBRES SOCIALES DE L A S VISITAS Y LOS VISITANTES B ADA más fácil en apariencia que hacer una visita, y nada más difícil en el fondo que hacerla. Y lo mismo puede decirse de recibirla. La visita en sí no es nada: B I una sonrisa que se cambia, una mirada que se cruza, una tijera de oro que se malí H i 3 un impertinente que vela unos ojos y los escuda para que acechen mejor; mM pero es una recepción, y conviene saber cómo ha de disponerse el troiio y cómo r V han de llegar á él los que llegan á rendir pleito homenaje á la reina. El sitio indicado de la señora de la casa es al lado de la chimenea dando la espalda á la luz, situación no muy conveniente para ella, pero la que le exige la galantería, á fin de dejar la claridad, que hace resaltar la belleza y destacar la figura á sus amigas. La dama que recibe no debe de levantarse sino cuando llegan mujeres, esto es sabido; pero lo que quizás no lo sea tanto es que deberá de hacerlo cuando entre á visitarla un hombre de edad ó un hombre ilustre, saliendo afectuosamente á su encuentro. Los visitantes se colocarán en circulo en torno á la dama, cediendo á las de más edad los lugares más próximos al fuego. Huelga decir que ninguna de estas visitantes dejará de manifestar horror á la lumbre con tal de escapar á la clasificación. Regla ineludible de buen gusto: las jovencitas no se sentarán nunca en orondos sillones. Su adolescencia, símbolo de timidez, se aviene mal con esos respetables muebles. ¿A qué obedece el que las niñas en sus dieciséis primaveras se aposenten en unos asientos y no en otros? ¡Alta filosofía de las sillas! Una costumbre tienen los hombres, que es, sin embargo, viciosa. Por regla general, todos dejan en el vestíbulo abrigo y sombrero. Bien está lo primero; en cuanto al segundo, lo de buen tono es entrarlo en la mano y no soltarlo un momento. Calcúlese lo que demuestran conocer la sociedad esos actores que al penetrar en escena depositan en seguida la chistera sobre una silla. El que se precie de fino cuidará de tener su sombrero en la mano con cierta distinción, cosa relativamente fácil mientras permanece sentado. Lo malo es la despedida, porque en la distracción del acto corre uno el riesgo de colocar la chistera como un pobre vergonzante que pide una limosna, ó un murguista que ha concluido su polka y demanda su óbolo al festejado. Otra práctica viciosa de las visitas es desaparecer unas en el momento en que otras entran. Sobre resultar una fuga en el que se despide, la más elemental cortesía exige dedicar unos momentos al que penetra, para que no se crea que ha venido á molestar con su presencia. Préstase además un servicio á la señora de la casa evitándola el remolino que se arma entre los que se van y los que llegan, en medio del cual, y entre la serie de manos que se la tienden á la vez, como si todos acabaran de cantar el coro de los puñales de Los Hugonotes, puede confundirse y despedir al que llega ó dar la bienvenida al que se va. Lo prudente es aprovechar para retirarse la primer pausa del coloquio. Igualmente es irregular que la señora de la casa, teniendo más gente, acompañe á la visita que parte hasta el vestíbulo. Se contentará con levantarse y permanecer de pie hasta que salva la puerta de la estancia la visita. Si hay hijas ó sobrinas, ese es su papel. El marido también puede ayudar á su mujer conduciendo á las damas del brazo hasta el coche. La dama que va á visitar en coche puede lucir una toilette de todo lujo. No demostrará su buen gusto si no prefiere la sencillez yendo á pie. Queda un punto por mencionar: el del saludo tendiendo la mano; pero de ese particular hablaremos otro día. Por hoy dejaremos en paz á nuestros lectores, porque toda visita, y ésta nuestra lo es, debe oscilar entre un cuarto de hora y treinta minutos, y la que acabamos dé hacerles les habrá parecido un siglo. ESXHBE DE SÉLÉNY