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santos óleos en la mano, pesadamente, tranquilamente, eomo cae el artillero al pie del cañón, cara á cara del enemigo. Miierto el cura y abandonado el pueblo, sin auxilios de ninguna parte; porque los hombres de hoy son los mismos hombres del siglo x i i i y de coléricos á lazarados ó gafos no va u n microbio de diferencia, quedó el tío Ferino solo, como una imagen del destino cruel: solo con su sombra, que parecía espolearle, no seguirle. Y solo, corría desalentado de una parte á otra, sin servir para n a d a y sirviendo para todo, arropando á los arrecidos, consolando á los moribundos y habiéndoles de cosas que á él entonces se le ocurrían sin saber cómo y en las cuales jamás había pensado, cosas que sin duda el mismo Dios inspiraba á hombre de tan corto magín, visiones de otros mundos percibidas en las pupilas de los agonizantes, consuelos infantiles oídos en esas conversaciones egoístas de viejo á viejo ante los cadáveres jóvenes, palabras confortativas revueltas con baladronadas (le jayán miedoso que quiere cobrar ánimo, y en fin, hasta albores de eternidad y vislumbres de gloria con que él mismo nunca había soñado. E n aquel trance era el tío Ferino como un hombre recién venido al mundo, Cándido, ignorante, rudo; torpe como un buey á quien se unce por primera vez, pero no menos fuerte y testarudo. La energía represada en sus cincuenta y tantos años de vida obscura, sufrida, trabajosa, estallaba en tal ocasión, y hacía valer por cien médicos, cien enfermos, cien sepultureros y cien sacerdotes á aquel desdichado que luchaba solo y á brazo partido con la muerte, y á la vez asistía, t r a t a b a de curar, confesaba, bendecía y enterraba á un centenar de semejantes suyos. Pero aún eso era poco. Desde el primer día. huyeron del lugar las familias pudientes, los yunteros, tratantes en granos y en ganado, el panadero, ¡qué sé yo! cuantos tenían algo que perder; y como quisieran refugiarse en los pueblos vecinos, fueron caritativamente recibidos á tiros y pedradas, con que hubieron de volverse, y no atreviéndose á entrar en el pueblo, acamparon al abrigo de los olivares. Allí formaron grupos que se miraban á distancia con hosca ferocidad, temblando de frío y de pavor en lo más ardoroso del verano, y aguardaban la muerte, que no tardó en desperdigar los grupos; y aun á aquellos muertos ó moribundos sueltos que perecían cara al sol, entre dos olivos, como perros rabiosos, acudía el tío Ferino cual Dios le daba á entender, con palabras buenas, con mantas, con panes atrasados que saqueaba en las solitarias casas de los ricos. Y al ir al campo y al volver al pueblo tornaba la cabeza el va, liente alcalde p a r a ver si le seguía su i inica fiel compañera, su sombra, porque aun á veces sentía miedo de perderla también: y á su paso poníansele por delante espantados los bueyes y muías de labor, que andaban sueltos y despavoridos por las calles buscando quien los pensase y los diese agua, y las cabras saltaban por los tejados haciendo contorsiones diabólicas, y los perros, olfateando p o r donde quiera día y noche, ladraban á la muerte, con ese aullido que hiela los huesos, Dies ir (e de la nattiraleza moribunda. Llegaba la noche, y el hombre entraba á tientas en las casas, el revólver entre la faja, porque había sospechado que alguien trataba de- merodear en, el solitario pueblo, y aun dos ó tres veces disparó el arma contra no sabemos qué formas fantásticas ó reales entrevistas tras las bardas de un corral, bajo el tinglado de un gallinero ó en u n porche ó abrigo de caballerías. Cortas eran las noches á la sazón, pero á él m á s cortas le parecían, según los puntos á que le era menester acudir. O no dormía nada, ó se contentaba con quedarse traspuesto cinco minutos á la luz de la luna, sentado en u n poyo. Pocos vecinos quedaban vivos ya. Aquello sí que llevaba trazas de rematarse; y al pensarlo así, parecíale al tío Ferino sentir sobre sus espaldas el peso de todos cuantos arnigos y deudos había sepultado con sus propios brazos sarmentosos. Pasados cinco días, ya no pudo más. Había logrado ir salvando del contagio á su escasa familia: la mujer, u n mozuelo y la hija mayor, gallarda moza de veintiséis años, que el primer día de peste quedó viuda. U n a tarde, al dar una vuelta por su pobre morada, salió el mozuelo á recibirle llorando. La mujer y la hija estaban malas: y en el viejo camastro matrimonial se encontró á las dos infelices, frías, sin habla, ni oído, ni vista. A las dos horas, el mozuelo, aterrado, yerto, ocupaba el lecho, y el tío Ferino, sin fuerzas, sin lágrimas, arrastraba penosamente el cadáver de su hija, al que llevaba asido por un brazo, la gentil cabeza rebotando en los ladrillos y en tal punto no pudo más, y se entregó, aniquilado, medio loco, á la madre tierra, pidiéndola que se abriese y con su familia y su pueblo le sepultase piadosamente. Así, abrazado á la tierra se lo encontraron unos señores que aquella misma tarde llegaron en coche, con médicos, medicinas, botiquines, h e r m a n a s de la Caridad, mantas, víveres, camillas y todo cuanto ya no hacía falta ninguna; todo ello traído por iniciativa y á expensas de u n caballero gordo y risueño que venia muy enguantado, chupando una pluma rellena de al- canfor, y á quien jamás habían visto los luga, renos aparecer por allí, y que era tratado por los que le acompañaban con sumo respeto. Como que era el señor diputado del distrito. Icnnniai II tn ti nn nein pío amo