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que ni aun poseía un par de muías con tierras ú olivaje á proporción; antes el pobre hombre hacía esfuerzos cotidianos por salir de apuros y roñas, ejerciendo el nobilísimo pero decaidísiino oficio de la arriería. Con tres ó cuatro burros macilentos armados en corso practicaba el cabotaje, como quien dice, entre cinco ó seis pueblos emergentes del mar terragoso de la Mancha, pues ni él ni los burros estaban ya para arriesgarse á largos trayectos, siendo, por otra parte, imposible sostener la competencia con el ferrocarril, que ya iba metiendo por aquellos lugares sus ahumadas y resoplantes narices. Aperreada vida y triste lontananza de muerte, si no hubiera acontecido lo que sucedió. Entre qué hacemos ó qué no hacemos con el muerto, vieron los segadores echárseles la noche encima, y cuando llegaron á avisar al tío Ferino y al juez, ¡Dios, qué caras traían todosl Desenterrados parecían! No era el tío Ferino hombre para sobresaltarse á tenazón ni por motivos de nonada; pero, enterado como trajinante de cuanto ocurría en los pueblos comarcanos, torció el gesto, y con toda la energía y fuerza necesarias á una cepa de cien años para arrancarse de cuajo del terreno y salir andando, ordenó, tragando al mismo tiempo inverosímil cantidad; de savia, ó dígase saliva: -Güeno; al muerto ya se le enterrará; vusotros, ái. aóostarsus todos sin catar Soccso y á sudar como gallinas Huecas. Ya nó era el tío Ferino de siempre aquel hombre; fueron aquellos y los siguientes momentos de su vida, algo tan grandioso y terrible ¿orno lo sería la transformación de un vegetal en hónibre; pensada por un Darwin y cantada por un Hesiodo. Loa sarmientos de que su cuerpecillo parecía formado, iban y venían retorciéndose como si fuego interior los consumiera. Del ceporro: que le servía de cabeza saltaban fulgentes los ojuelos, tornados deúvas en ascuas. -En agitación pavorosa, nadie hubiera dicho que andaba, sino que volaba de un lado, á otro, hendiendo el aire apestado. -Es cólera morbo asiático, y de lo fino, -aseguró á la madrugada, después de haber visitado y administrado á dieciocho enfermos ó moribundos, el señor cura, un octogenario exclaustrado que conocía al amigo, de Filipinas. -r- rr iShv; en Oceanía y Asia. No; no las habían visto más gordas, ni el buen párroco ni todos los nacidos en muchos siglos antes; y bien sabe Dios que el narrador, si tuviera arte para ello, podría poner aquí todos los horrores que faltan en las consabidas pestes contadas por el historiador griego y por el poeta italiano. Hubo allí familias enteras que sucumbieron en seis ú ocho horas; peqiiefiuelos que mordían con desesperación los yertos pechos de las madres moribundas; viejos y viejas que entontecidos contemplaban á los mozos más robustos de su casa perecer retorciéndose en convulsiones horrorosas; hombres recios como castillos que se abatían de repente á tierra cual si rayo sordo é invisible les hiriese; mujeres desgreñadas que reían, reían y reían, hartas de llorar y de maldecir Al segundo día el señor cura, que en ochenta aíios no había hecho sino poner á mal tiempo buena cara, como cristiano viejo y cabal, cayó, mejor dicho, se derrumbó sobre un apestado, en el momento de ungirle. Había aguantado horas y horas el frío qtie aterecía todo su cuerpo enorme de evangelizador de salvajes, y los calambres que le remusgaban en las articulaciones, y las angustias y bascas que le cortaban la respiración... hasta que más no pudo y cayó con los il santo varón, que, por contraste con el alcalde, aunque sin reino vegetal, parecía todo él un gigantesco tomate sano, iigoso hasta el extremo de que, á sus ochenta años, aún ha icia que le sacasen un par de libritas de sangre muy cumfué en afirmar que no era bastante lo ocurrido para apuraristo más gordas que aquélla; y recordaba la matanza de los j, iendo lego, y otros lances y trances vistos ó pasados por él