Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
-Ñalos. Tamién se van los vencejos -Y los alcotanes del campanario sejueron antiyer, -observó otro. -Y ya n o quea u n a mosca borriquera por tos los alredores, -a. ña. dió un mozalejo que, sobre el cargo de atero ó acoplador Je gavillas, tenía el de cuidar los burros de toda la cuadrilla y el de traer y llevar la olla y los cántaros de agua. ¿Qué moscas borriqueras? Ni tampoco se estremece la moscarda en el tocino, -aseveró el mayoral, que mataba todos los años medio cerdo, quiere decirse, un cerdo á medias. -Milagro será- -aseguró la última hoz. u n viejo que segaba rezagado y señero, á quien por caridad tenían en la cuadrilla. -Milagrito será que no tengamos qué sentir. Onde se van golondrinas, cuervos vienen. Oiiantimás queíce el señor cura que si anda ú si no anda la peste, y no mu lejos- -Es que usté tó se lo cree y siempre está reilando, tío Farraguas- -interrumpió la primer hoz, un Hércules de los man- chegos, que son como los Hércules de Cartago: cabezudos, an tes de hombros y cortos de patas. -El señor cura dijo es tro día cuando perineo, pa retarnos y meternos miedo con sernos, malos y pervertios. ¿Y qué tién que ver los vencejos j moscas con la peste? Pa chasco que Jiubiá peste por marcharse pajarracos! La convicción enérgica del mozallón era tal, que el mismo K no se hubiera atrevido á replicar palabra. Cayó la tarde; regresaron al pueblo los segadores; iban sedier y acercáronse al abrevadero que en medio de un pradecillo se h de un cristalino manantial alumbrado en roca viva. Como la se (hostigaba, lanzáronse todos á la pileta, y muchos bebieron de ees como las caballerías. El viejo que venía á la zaga, solitari pensativo al volver del trabajo como cuando se hallaba en él, re en u n bulto que veinte pasos más allá del abrevadero se Acercóse con cautela de hombre hecho á atrapar las liebres e cama y las perdices en el nido, y súbitamente comenzó á gestic y á mover brazos y piernas, como si las palabras se le atorasen- en el pecho, hasta que por fin pudo gritar, y gritó con una voz que podía ser de corneja y podía ser de zumaya ó de- cualquier otra ave nocturna: ¿Lo vis? ¿Ko stts lo iciaf Aquí tenis ya un hombre muerto. II El señor alcalde del lugar era propiamente una cepa con chaquetón y calzones. Los brazos y las patitas, de sarmientos parecían hechos; la cabeza, de un muñón de parra recién podado; el rostro, cárdeno verdoso; la boca, desdentada y hecha u n frunce; los ojillos tiernos, rugosos como dos uvas á medio pasar, desmirriadas y llorosas; los pelos en mechones lacios como cortezas desfilachadas del tronco. E r a hombre cenceño, rebajuelo; podría contar cincuenta y dos á cincuenta y cuatro vendimias, y en toda su vida habría contado otras tantas pesetas en el bolsillo. Así, cuando afirmaba tener dos duros y catorce ó dieciséis reales, era preciso creerlo en sentido p a r a m e n t e metafórico, refiriéndolo á la edad, y bien lo daba á entender el hombre sonriéndose de una manera que á quien le miraba le daban ganas de llorar á lágrima viva; cierto que el tío Ferino (que así se llamaba) jamás había tenido motivos verdaderamente fundados p a r a aprender á sonreir de mejor modo. E n t r e las infinitas cosas inexplicables que el mundo ofrecía á la consideración de los lugareños, ninguna lo era más que el haber sido conferida la autoridad municipal al tío Ferino. ¿Por qué era el tío Ferino señar alcalde? Tamaño problema no era para ellos menos irresoluble que el de la navegación aérea, si el absurdo acaso les hubiera puesto enfrente de él. Y cierto que ni el tío Ferino poseía una inteligencia perspicaz ni trataba de sustituirla con la gramática parda ó la filo sofíá del mismo color que tanto sirve á los monterillas de su parigual, ni tal vez la conciencia dejara de reconcomerle por tal ó cuál hurto de leñas en los tiempos peores (malos todos lo eran) ni siquiera llegaba á ser u n triste yuntero, es decir, kfí