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NOVELA DE D F R A N C I S C O NA V A R R O Y L E D E S M A ILUSTRACIONES DE R E G I D O R SEGUNDO, PREMIO DEL CERTAMEN UTERARIO DE BLANCO y NEGRO ¿T- tóí V- Llugt villa. vecinos de lo mismo, pero sin jalbegue, blanqueo ni pulimento. La iglesia era una casa mucho más alta que las otras, y la nitidez de la cal, que á los demás ediñcios servía de manto, no era sino túnica de aquel donde sólo habitaba Dios, esto es, el vecino más importante y respetable de todos, los lugares, villas y aldeas de la comarca! Los lugareños se contentaban con blanquear la iglesia hasta la altura á que alcanzaban sus brazos, y sábese que, por todos estilos, eran hoinbres de cortos alcances. Tal vez sucedía en aquel pueblo como en los circunvecinos, que sólo el señor cura poseyese una escalera larga, con ayuda de la cual podía encaramarse un poco más alto que sus feligreses, mas sin pasar nunca de lo que se llama vulgarmente de tejas abajo. Así la iglesia blanquísima por abajo, pero por arriba de ese color. de canela que el solazo déla Mancha da á los paredones añosos, áias mantas de los campesinos, ala lana de los mastines viejos y á los rostros y manos de hombres y mujeres, tenía no sé qué aspecto de majestad destronada, no sé qué aire de soleihne desolación, conaode gran señor decaído y arruinado que, llevando la ropa raída, procura al menos ir pulcramente calzado. Rarísimas veces penetraba en el pueblo un rayo de esa alegría que debe de haber extendida por el mundo y que ilumina los. campos, florece en. los semblantes de la gente moza, reanima. á los. viejos. y hace retozar al ganado, sin que nadie sepa de, cierto por qué. í acercarse al pueblo se adivinaba. ¿Cómo las alegrías del mundo ni los regocijos, de la vida hubieran- pod dQ, sintrocarse, en amarguras ó por lo menos en sequedades, atravesar los espesos escuadrones de olivos centenarios, siempre verdes, siempre tristes, ejércitos de fantasmas que rodeaban el lugar, ó mejor le sitiaban, le acorralaban, le. amenazaban con, sus brazos retorcidos y s u s patazas negras, -verrugosas de gigantes antediluvianos? o Aquel era un paisaje del Evangelio, un paisaje fatídico, lúgubre como el terrible relato de San Lucas. Eespirábase en torno del pueblo atmósfera de Pasión y muerte: aquellos lugares, sin duda, estaban esperando al justo que en ellos había de padeeei: y sucumbir... Y sin embargo, como ocurre las más de- las voces, desde hacía siglos nada terrible acaecía en él pueblo, cuyos habitantes vivían y morían como las hoimiga: s en el hormiguero, sin dar qué pensar ni qué sentir á nadie, déla manera más humilde y vulgar. Si aquello era vivir, si aquello era morir, cierto que poco valen la v- ida. y la muerte. Pero alfin, lo que, había de suceder sucedió. De eüo hace once años, poco más ó inérios. Fué enla fuerza del verano, cuando el tamo de las eras envolvía el pueblo en niebla doiráda, cuando, las cigarras, hijas delpolvo y de la sequía, chirriaban el día entero en las hojas délos olivos y en los ápicés de ías espigas ya bermejas. Hundidas entre las- mieses, las cuadrillas de atezados segadores avanzaban, despacio, eñ siléncio ¿los ojos sangrientos, las fauces secá -hecho; úii arcci el espiiíazo, los. puños diligenies, q. üé- nc) parecían cortar, sinó amputar con ferocidad de cirujano los tallos de lasmieses teítibiórosas. Por cima de una cuadrilla cruzó chillando una bandada de vencejos. Un segador alzó la cabeza, vio á los negros pajarracos que en vez de volar en círculo, según acostumbran, seguían como espantados hasta perderse de vista, y el hombre exclamó, cual si no le importase nada lo que Q. 6 CÍ 3. Í