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PARÍS EBEEHO es siempre Febi- ero, aun aquí, en que el sol es una oblea pálida, iiicapaü (Je secar las fachadas negras por la bruma invernal; y sus primeros días relativamente despejados con que el Rigoleto del año ha querido obsequiarnos, parecen haber multiplicado los automóviles propios que se ven por esos bouleva- -res. A cada momento se oye la bocina de aviso y la trepidación ronca sobre los pisos de asfalto. Asistimos al segundo acto del sport de la locomoción relámpago, al que las mujeres se muestran tan apasionadas como á la bicicleta. La otra t ude, precisamente, llamó la atención en la avenida de la Opera la primera toaleta automovilista de primavera, de una alta aficionada. Consistía en falda lisa de paño vei de- bronce, fígaro también de paño ligero blanco, con trencillas negro y oro; sobie lá camiseta de seda cereza con chorrera, corbata mariposa color huesOj y sombicro flexible gris perla, con plumas de gallo; el calzado, bota de cabritilla bronce. ciando en el coche abiei- to, resultaba una aurora moderna. Y ya que he hablado de ciclismo, continúa muy visitada la Exposición de automóviles y bicicletas del -7 Giaud Palais sumamente curiosa, sobre todo en la colección histórica de globos do Eoland Bonaparte y losprimeros velocípedos de bolas de Surinay. La reaparición de Ivette Guilbert sigue dando que hablar; bien que la divette favorita de los parisienses, su pajarita de las nieves, después de la operación quirúrgica que la ha retenido en cama meses y meses, resucitó otra, olvidada del género cómico, en el que era una Gracia, é interpretando en la Bodiniére las melodías románticas de Eollinat, compuestas por este maestro sobre poemas suyos y de Baudelaire, y orquestadas por Archaínbaud. París, que estaba lleno de la figura de Ivette Guilbert, se quedó atónito al verla, cultivando la elegía musical. Durante su dolencia se terminó su magnífico hotel en el boulevard Berthier, obra original y exótica del arquitecto Sohelkoppf, ruso a l o que. parece. ¡Ah, la Rusia! La morada entera es un alai de de lujo; el comedor con tapices murales, chimenea cuya campana resulta un trono medioeval; el atelier con techo en cúpula, y el cuarto de dormir con una cama que se diría un retablo de iglesia. Sus muebles confirman el apogeo de la moda Pompadour, que desde que la exposición última popularizó á Wateau y á Boucher, derrotó á la moda Napoleón en los salones. La fantasía parisiense, apasionada siempre de la originalidad, acaba de crear una toaleta ideal para grandes comidas de etiqueta, de que da cuenta madame la comtesse de Phaud. Es un vestido en crespón de lana blanca; la falda de arriba va unida, y ligeramente levantada á la izquierda, deja ver la de abajo, de glasé blanco plegado, guarnecido de entredoses del mismo color con orugas de coral sembradas en ramitos menudos. Escote redondo orlado de gúipur, que cae hasta el talle rociado de una lluvia de coral, la que se reproduce en los puños de las huecas mangas. Ciuturón de seda blanca con broche de coral y espigas de coral, constitujeiido el collar en varios hilos. El efecto de este tocado bañado por la luz eléctrica, es admirable: un rocío de sangre sobre nieve. Las últimas obras estrenadas conlinúan dando juego. En el Palais- Royal, M amour, en tres actos, de Bilhand y Plennequin, apoteosis algo atrevida de una linda cabeza de chorlito femenina; en la Porte Saint- Martin, un conmovedor melodrama de Ohnet, episodio de la suerra de la Vendée, Les Rouges et les Blancs; en el teatro Sarab, la Gavaliere, de Richepin; y en l Athenee, Un Fete, de Germain. ¡CoUectionez vos cheveux! Así se titula una circular de las damas parisienses á sus amigas, excitándolas á que los cabellos que se les caen al peinarse los vendan para flequillos á un cierto peluquero, destinando el producto á los pobres. Eso es hacer el bien con la cabeza tanto como con el corazón. CONDESA OLGA