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Sin saber á qué Sí atribuirlo, le latía! i. elcorazónapresu. T- radamente y no se apartaban de su imagina c i ó n los negros ojazos í de su pequeüuelo. E n la Glorii v; despidió el coche, dirigiéndose á pie á la ca de Trafalgar. necesitaba serenarse. Estaba m conmovido. ¡Qué tontería! Y todo por ver, p r besar á un muñeco Inconscientemente m- leró el paso, y al llegar frente á la casa que era t a n conocida, el corazón le dio un v u e l horrible. Delante de la puerta había una carroza, una carroza de cristal que parecía u n enori relicario de gótica traza, y en donde el o: resaltaba con abrumadora profusión sobre albo color de la pintura. Adornados de lueng paños azules con ribetes blancos, los cabal ostentaban orgullosos grandes penachos plumas sujetas con crestones de metal dora Los lacayos, vestidos á la federica, conducí i del diestro á los brutos, mientras que u n i chero de empolvada peluca se erguía con rígida seriedad de un fetiche en lo alto del PL, J cante de aquella cairelada tracería. E n aquel punto, y mientras colocaban en el interior del relicario u n a caja pequeñita forrada de raso blanco, se abrió u n balcón del entresuelo y apareció violentamente u n a mujer. E r a ella. Estaba desgreñada, brutalmente sombría, dura é impasible como el dolor. Con rabia dolorosa mordía u n pañuelo para no gritar, para no injuriar á aquellos hombres que, le arrancaban el alma al llevarse dentro de aquella caja t a n pequeña un tesoro tan grande, tan inmenso, que solamente las madres son capaces de apreciarlo. i ÍIHWV Santána se unió maquinalmente- á. la escasa coinitiva que seguía al carro fúnebre. El capellán del, cementerio de San Luis recibió al nuevo huésped, y después de unas breves oraciones y antes de encerrarlo para siempre dentro de una polvorienta sepultura, mandó que se levantara la tapa de la cajita que guardaba al niño ¡AHÍ estaba el pobrecito, morado como un lirio, yerto, rígido, abandonado como un despojo doloroso de la vida! La portera de la casa y unas vecinas que habían seguido el cortejo, contemplaron al muertecito, y frases doloridas, sentidísimas, de piedad infinita, salieron generosas de aquellos pechos de mujeres San tana oía aquellos lana entos, sintiendo que un nudo le estrangulaba la garganta, que una mano de bronce le apretaba de un modo brutal el corazón... Abrió los ojos desmesuradamente y los fijó en los de su hijo Los tenía opacos, inexpresivos, apagados circuidos de una p r o t u n d a y amoratada huella Quiso llorar y no pudó conseguirlo. Sin darse cuenta de lo que le pasaba, retrocedió angustiado y se apoyó en el tronco de un árbol para no caer Y aunqiie hacía mucho tiempo que, el acto se había terminado, aunque estaba ya solo, completamente solo, los ojos del niño seguían mirándole de u n a manera tan fría, tan implacable, con u n a tenacidad tan dolorosa! El sol brilla con fuerza poderosa; las flores; exhalan, perfumes enervantes; los pájaros, descarados y bulliciosos, alegran el triste recinto de: la- Ka, da. Todo sonríe, tOdo canta, todo luce, La Naturaleza, augusta é impasible. ante el dolor humano, expresa de ése modo que le es indiferente el anonadamiento de aquel infeliz, que al flnpudo llorar, tristemente al principio, d, espués copiosamente. DIBUJOS DE ANDRA. ÜE PJSDEO BALGAÑON