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rL LOS OJOS DEL NIÑO cfi i vieras- -decía la carta- -qué hermoso estál ¡Ya me conoce y me sonríe cuando me acerco á su cunijtal ¡Pobrecito mío! Ven á verle. El no tiene la. culpa de nuestros- disgustos. ¡Tiene unos ojos tan negros, tan hermosos, tan expresivos! i Era, sí, una iniquidad tener un hijo y no conocerle... Aquella idea constante, dolorosa, le barrenaba sin cesar el alma Durante seis meses, desde que recibió aquella ca, rfca que había leído cien veces, no hacía más que pensar en ello, y al fin se decidió á conocer, á dar un besó á: su hijo... ¡Su hijo! Mentira le parecía, y ¡qué cierto, qué verdadero resultaba! Ella y él se habían equivocado grandemente creyendo que podían ser dichosos, y cuando decidieron separarse, convencidos de que sus caracteres y sus sentimientos eran en todo contrarios, resultó que había de por medio una criatura inocente ¡Pobrecito! Sí. Decía bien. El niño no tenía la. culpa de nada. Y en lo de tener los ojos negros había salido á él, porqué los de ella eran azules, muy azules Con actividad febril arregló los preliminares del viaje, y sin avisar, sin decir una palabra. llegó aquella misma noche á Madrid en el tren gallego, La hora no era la más oportuna para presentarse, y decidió dejar para el día siguiente el placer de ver á s f pequeño. Además, estaría dormidito, y él quería contemplar á su sabor los ojos negros, grandotes, fulgurantes del muñeco Se dirigió al hotel, y por hacer algo se acostó en seguida. La vida de la corte, que en otro tiempo fué su encanto, le resultaba entonces intolerable. ¡Quién iba á decirle á él que había de llegar un tiempo en que aburrido de todo se recogería á las once de la noche en aquel Madrid de sus pecados! Pretendió leer un periódico, y no le fuéposible enterarse da nada. Entonces se dio á pensar en su pequeño, quedándose así plácidamente dormido con la dulce ilusión dé un despertar halagüeño. No eran aún las siete de la mañana cuando estaba completarnente listo para ir á Chamberí. Vería al niño, le daría muchos besos, y después ya vería qué determinación tomaba. Cierto que era muy temprano; pero eWa madrugaba siempre mucho, y por pronto que llegara á la calle de Trafalgar, serían bien dadas las ocho de la mañana. Por otra parte, estaba justificado lo intempestivo de la hora con la natural impaciencia, que después de todo, ella no dejaría de agradecer. En la Puerta del Sol le pareció muy largo el camino que tenía que andar y tomó el tranvía. ¡Qué armatoste tan pesado! Aquel vehículo no adelantaba conforme á sn deseo. Entonces alquiló un coche de punto.